domingo, 18 de diciembre de 2016

MUCHO MÁS QUE UN TREKKING

Cojer un autobús en Nepal, sea para el trayecto que sea, siempre es una aventura. Pinchazos, sobrecargas, averías múltiples, infinitas paradas y vueltas y más vueltas para captar a potenciales viajeros. El sistema es sencillo, aunque a nuestros ojos occidentales y encorsetados a horarios y rutas del todo incomprensible. Nuestro autobús iba desde Kathmandú hasta Besi-Sahar, primer pueblo donde se empieza el tremendo trekking del Annapurna Round Trek.



El tiempo real que llevaría hacer el trayecto en línea recta lo desconocemos, sea cual sea se multiplica por 100 ya que en las diferentes paradas que va realizando el bus, el acompañante del conductor se dedica a colgarse de la puerta gritando a los cuatro vientos el destino final. ¡¡Besi-Sahar Besi-Sahar Besi Sahar!! es el mantra que nos acompañó durante las 6 horas que estuvimos literalmente alucinando con todo lo que cruzaba nuestra vista. No hay paradas de autobús físicas, simplemente la gente va caminando por la calle tan tranquilamente tras el paseo matutino, y de repente al oír el destino del autobús, son abducidos por los cánticos de sirena del conductor y deciden cambiar sus planes, subir al carro y acabar el día a 5 horas de su casa. Improvisación extrema.





Tras 6 o 7 horas, más prórroga y penaltis, llegamos a Besi Sahar, pero en lugar de ponernos a caminar como posesos, decidimos imitar las costumbres locales y subirnos a otro autobús errante que nos alcanzaría hasta el siguiente pueblo, Bhulbhule. De esta forma nos ahorrábamos unos cuantos kilómetros sin mucho interés ya que el camino discurre en su totalidad por carretera. Llegamos a Bhulbhule sobre las seis de la tarde, y ahí fue cuando nos dimos cuenta de varios errores que habíamos cometido. Primero, dejarnos el portátil en Kathmandú, con el resto de equipaje que no necesitaríamos en el trekking. segundo, meternos en la primera posada que encontráramos. Parecemos novatos en esto, a pesar de llevar más de 10 meses de viaje regateando precios y comparando hostales.



El caso es que el pueblecito en cuestión era entrañable, se empezaba a apreciar el bonito enclave entre montañas en el que nos adentraríamos los siguientes días, la gente estaba medio acostumbrada a ver a montañeros y las 15 o 20 casas que formaban el pueblo daban una idea perfecta de cómo es la vida en estos valles. Mucha agricultura, algo de ramadería, e ingresos extra por turismo, todo ello acompañado de las simpáticas sonrisas nepalís. Pero más allá de eso... Nada. De nada. Tampoco era plan de ponernos a recorrer los alrededores habida cuenta que al día siguiente empezaríamos de verdad a caminar y debíamos estar mínimamente descansados.





En la posada pedimos un Dhal, plato típico de lentejas con patatas, malo tirando a incomestible. Dejamos las mochilas en la habitación, dimos una vuelta de 10 minutos y a las 19:00 ya estábamos de vuelta. ¿Y ahora qué? Ahí fue cuando empezamos un ritual que se convertiría en costumbre durante las próximas dos semanas. Sacamos mapas y guía y preparamos a conciencia la caminata del día siguiente. Poco más había por hacer, así que antes de las 8 de la tarde ya estábamos durmiendo y deseando que aquello fuera de menos a más.





A las 7:00 a.m ya estábamos de camino hacia el siguiente pueblo, contentos por el día que nos esperaba y ansiosos por descubrir un poco más de este entrañable país a cada paso que dábamos. En resumidas cuentas, el trekking se basa en:

1. Caminar de pueblo a pueblo observando el cambio de orografía, vegetación y fauna a medida que avanzas y ganas altitud.



2. Las jornadas suelen ser de unas 8 horas de camino, nosotros solíamos parar a menudo porque somos así de encantados, y no se puede pasar por estos lares como un correcaminos. Cada detalle, cada casa, cada refugio es sencillamente de película y disfrutar de todo cuanto nos rodeaba era mucho más importante que el trekking en sí.



3. Tras la jornada descansas en alguna de las guest house que haya en el pueblo en cuestión en el que te encuentres. no te cobran nada por el alojamiento, sencillamente te piden que comas y desayunes allí mismo. Y cuando digo allí mismo me refiero a comer con ellos en sus limpias y ordenadas cocinas, conversando alegremente mientras te preparan una sopa de ajo o lo que sea que haya dentro de sus enormes ollas al fuego.



4. Darte una ducha si te atreves, tomarte todos los ibuprofenos y pastillas necesarios para ponerte en pie sin dolores al día siguiente, abrigarte mucho e irte a dormir al caer el sol.

5. Disfrutar de cada segundo del paisaje y su gente.



Porque Nepal no sería Nepal sin sus montañas, pero mucho menos sin su gente. Cruzas puentes viendo cómo un grupo de burritos te adelantan cargados con las botellas de agua que luego te beberás tú, grupos de niños te saludan cargados hasta arriba con la leña que te calentará por la noche y a lo lejos vislumbras los pueblos que te acojerán con una sonrisa y una deliciosa sopa sin saber de dónde eres ni adónde vas, pueblos que hacen su vida de forma muy diferente a la nuestra y que te invitan a reflexionar sobre qué es la auténtica riqueza.





Y así pasamos las primeras jornadas, pueblo a pueblo, hasta llegar al punto de inflexión en nuestro trekking. Manang. Esa noche la habíamos pasado en Ngawal, un pueblo mágico al que se accede por una durísima cuesta de más de 1 hora de camino entre empinadas curvas. Un esfuerzo que sin duda mereció la pena, porque despertarse por la mañana y ver el sol teñir de rojo la cima del imponente Annapurna II no era algo que estuviera en nuestros planes, ni en nuestro mapa, ni en nuestra guía, ni siquiera en nuestra imaginación. La vista desde nuestra ventana era sencillamente acojonante, son montañas tan mastodónticas que escapa a nuestra comprensión el hecho de tener una mole de 8.000 metros en nuestras narices.




Pero al bajar a desayunar, nos dimos cuenta de que estábamos solos, la cocina estaba vacía, el fuego encendido, el té caliente, y nadie en todo el pueblo. Nadie. Dimos varias vueltas pero realmente parecían haberse esfumado todos mientras las chimeneas humeaban entre las banderas de oración nepalís. De repente, al volver a pasar por la cocina vacía del hostal, vemos un bulto informe de mantas erguirse y moverse erráticamente, dejar caer capa a capa su escudo de mantas y aparecer la dueña de la casa desperezándose ante nuestra mirada de incredulidad. Habíamos pasado 10 veces por delante suyo, pero la mujer estaba tan integrada en el mobiliario rusticae que ni la vimos! Desayunamos con ella, nos dió queso de yak para reparar fuerzas a media mañana y seguimos nuestra ruta hacia Manang.



Nos alejamos de Ngawal prácticamente caminando hacia atrás, las vistas del pueblo, totalmente integrado en el paisaje con sus banderas y chimeneas eran tan espectaculares que ni siquiera queríamos llegar a la curva que nos separaría de esa imagen medieval y potente.



Lo que no sabíamos es que en Manang nos esperaba algo mejor, insuperable. Tras pocas horas de camino entramos tranquilamente al pueblo saludando a yaks y estupas, un lugar muy preparado para los montañeros ya que en Manang es donde se recomienda hacer una parada de descanso para aclimatar tu cuerpo a la altitud, estábamos casi a 4.000 metros.



Cuenta con un buen número de hostales y tiendas de aprovisionamiento, así que no nos costó mucho encontrar un buen alojamiento. Dejamos las mochilas y salimos a dar una vuelta, y no habíamos andado ni 100 metros cuando se nos acercó un montañero todavía cargado con su mochila.

-Ehhh, perdona, sorry, a ver... do you know a place to pass de night here?

Eran Juan Ángel y Pío, y ya no nos separaríamos hasta el final.




By Pere & Didi








sábado, 13 de febrero de 2016

Kathmandu

No sabemos cuanto tiempo es necesario para recuperarse de Asia, nosotros calculamos que tras los más de 6 meses rodando por el sudeste asiático, con pegarnos un descanso dominical de más de 2 meses entre Australia y Nueva Zelanda, ya podíamos volver a empezar a rodar entre amiguetes asiáticos. Distanciarse un tiempo, de lo que sea, siempre ayuda y en nuestro caso, aunque no se puede decir que tuviéramos auténtica morriña, nos dió renovadas fuerzas para adentrarnos en lo más profundo del corazón del sentir asiático: Nepal.



Escribo esto después del terrible terremoto que acaban de sufrir, uno de los más maravillosos lugares del planeta, con una gente admirable en todos los sentidos, una cultura y arquitectura milenarias, destrozado de golpe. Seguimos sin asimilar la pérdida. Se recuperarán, si alguien puede, son ellos. Pero si es con nuestra ayuda, mejor. Quien no haya conocido Nepal y su maravillosa gente puede llegar a empatizar en cierto modo, pero a los que hemos tenido la suerte de conocer este país, nos duele hasta la más pequeña piedra caída en el terremoto, porque de todas estas joyas no queda nada, absolutamente nada.



Llegamos al aeropuerto de Kathmandú, rodeados de personajes bajitos de piel muy castigada por el sol, todos varones y todos ellos con un punto en común: el Tika. Es el puntito rojo que se ponen en la frente en la cultura hindú, y entre sus muchos significados está el de traer suerte y apoyo en el viaje que está por venir. Cada miembro de la familia te unta un poco de la pasta roja en la frente y te desea suerte. El tema es que algunos deben tener mucha familia o necesitar mucha suerte, porque llevan auténticas banderas de Japón en el frontón.




Otra cosa muy molona cuando vuelves a rodar por Asia es que los precios de repente te hacen sonreir otra vez. Que me vas a cobrar 4 euros por dormir en esta suite? Firmo. Ya en el aeropuerto, tras rellenar todos los impresos y visados cutres que enriquecen las arcas nepalís, tomamos un taxi que nos llevaría en recorrido memorable hasta el centro del centro de Kathmandú, el increíble barrio de Thamel!



Tardamos un buen rato en llegar a Thamel, primero el taxi tenía que esquivar dos vacas en medio de la calzada, adelantar un tuk tuk mirando hacia otro lado a lo Ronaldinho y abrirse paso a golpe de pito entre las multitudes que se manifestaban por un partido político u otro; habíamos llegado el día antes de las elecciones. Suerte que los nepalíes, siguiendo la corriente de todo el continente en general, tienen la grandísima virtud de obviar la violencia en cualquiera de sus actos.





Thamel es en realidad un barrio dedicado a los turistas, el 80% son tiendas dedicadas a los deportes de montaña, y puedes encontrar una tienda vendiendo un polar "The North Fake" a 10 euros, puerta con puerta con la tienda oficial The North Face, vendiendo algo parecido a 150€. Lo que más nos llamó la curiosidad del barrio es que todo está tremendamente limpio, y eso es muy, muy de agradecer por estos lares. Eso sí, sigue siendo un entramado de calles con tráfico caótico, todo es color rojizo, por el ladrillo y por la pasta rojiza que usan los hindús en sus ritos y celebraciones, y cada pared, cada muro, cada esquina parece un buen punto para ser sagrado y dar gracias por tu sino, sea cual sea éste.



Namastéeeeeeeeee. Nos saludan al llegar al hostel (primero y último del país reservado de antemano, con lo cual pagamos el triple). El saludo de Namasté es de esos que se te pega al cabo de 5 minutos, y caminando por la calle lo sueltas a las primeras de cambio, al del restaurante, al poli que no te entiende o al que te intenta vender una postal del Everest. El significado de Namasté es muy amplio, es una muestra de respeto hacia la otra persona y es uno de los mantras más bonitos que existen. Viene a decir algo así como "Yo honro el lugar dentro de ti donde el universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti de amor y luz, de verdad y paz. Cuando tu estás en ese lugar en ti, y yo estoy en ese lugar en mí, somos sólo Uno". Dejémoslo en Namasté.




Los primeros días en Kathmandú los dedicamos a visitar alguna cosilla por aquí y por allí, a movernos, a desentumecer las articulaciones, a volver a esquivar mierda por las aceras, a conocer a los nepalíes. Entre otras cosas fuimos al Templo de los monos, una pagoda en lo alto de una colina custodiada por cientos de macacos con bastante mala gaita que en cuanto te ven meter la mano en el bolsillo se te tiran encima cual rumanos en el metro, con cariño para los amiguetes romaníes de buena fe, que me dicen que alguno hay.




Comprobamos que los nepalís también son muy dados a hacer ofrendas a cualquiera de los 300 millones de variantes de shiva, brahma o vishnu, y son gente realmente muy tranquila y amable, la espiritualidad está presente en cada uno de sus actos y son muy acogedores con el que viene de fuera y se interesa por su cultura. ¡¡Pero cómo no nos vamos a interesar con semejantes atuendos muchaaaacho!!


En realidad lo que debíamos hacer sin demora era preparar todo el papeleo para acometer el trekking que se nos venía encima. Escogimos hacer el Annapurna Round Trek, considerado el más bonito y escénico de entre las muchas opciones del país, aunque tiene un inconveniente... necesitas unas 2 semanas para hacerlo, pero nosotros de eso vamos sobraos, veo tus dos y subo 3 más! Andamos por toda la ciudad rellenando impresos, haciéndonos fotos, fotocopiando pasaportes, y al fin en el Centro Nacional de Trekking de los Annapurnas conseguimos los permisos para perdernos por las montañas tranquilamente. Sólo debíamos afirmar que nuestro seguro (¿WTF?) cubría el rescate en helicóptero, valorado en unos 7000$. Ta tó pagao!!




Permisos en mano fuimos a una de las librerías más espectaculares de Asia, The Pilgrims Books, que se quemó hace unos años pero que han rehabilitado con fe para seguir ofreciendo toda la información sobre Asia que uno pueda necesitar. Compramos un mapa y una guía del Annapurna Round trek y nos fuimos a ojearlo al que se convertiría, sin saberlo, en nuestro restaurante favorito en TODO el viaje. El OR2K, sí el nombre te deja frío, pero la comida es sencillamente espectacular, viene a decir algo como Organic to Kathmandú. Es tipo vegetariano, baratísimo y sencillamente delicioso. Fuimos cada día durante nuestra estancia en Kathmandú. Lo jodido es que sale en la guía Lonely Planet, pero parece que eso no les ha afectado en absoluto. Genial, ultra recomendable.




Por cierto el OR2K no lo descubrimos solos, nos lo recomendó Eric, nuestro amigo español, budista de nacimiento y con la mente tan puesta en la cooperación que en uno de sus viajes a Nepal decidió dejar su vida anterior y quedarse a ayudar en todo lo que hiciera falta, su último proyecto una escuela de inglés en Bakhtapur. Y allí nos llevó para enseñarnos su día a día. Bakhtapur no es muy conocida, y quizás sea mejor así... es (era...) una auténtica joya de la arquitectura Nepalí (snif...), una ciudad sagrada donde cada rincón rezuma magia. Nos perdimos cuarenta veces por sus calles sin ningunas ganas de encontrarnos, además íbamos perfectamente acompañados de Animeshi, el sobrino de Eric, que seguramente pasó uno de los días más aburridos de su vida, pero a cambio le invitamos a comer MoMos, tantos como quieras!!




Los Momos son una mezcla entre nuestras empanadillas y los dumplings/gyozas, los nepalíes se los comen como churros, a dos carrillos, y nosotros no queríamos ser menos. Un plato de diez momos cuesta alrededor de 1 euro y te deja saciado para todo el día. Ayyyy, si te hubiera conocido antes. Los hay de pollo, vegetales o de búfalo, y la salsa que te ponen para untar pica que se las pela, así que vete pidiendo otra botella de agua que la vas a necesitar. Y ahí estábamos, tras un tiempo sin saborear Asia, en una azotea de una ciudad museo llamada Bakhtapur, admirando sus templos y la gente pasear por sus rojas calles sin ninguna prisa, ni ellos ni nosotros.




Volvimos a la escuela de Erik, donde los niños estaban haciendo lo que mejor saben hacer, jugar en el patio, y no pudimos resistirnos a dejarnos llevar por su energía y ganas de pasarlo bien en todo momento. Algunos de ellos hablaban mejor inglés inglés que nosotros, e incluso español, hindi y varios idiomas más. Las vidas están echas de oportunidades, y aprovecharlas es lo único que nos debe preocupar a estas alturas. Por eso no perdimos la oportunidad de conocer el funcionamiento de la escuela y el buen hacer de todos los que la hacen posible, toda una experiencia.



El último día en Kathmandú lo dedicamos a hacer las últimas compras de material de trekking, seguramente todo tan fake que no duraría la primera caminata, pero es tan barato que acabas comprando por placer. Paseando largos ratos por la ciudad y sus barrios de las afueras, fue la primera vez que nos dimos cuenta de lo que es la extrema pobreza, niños muy pequeños en la calle que no piden dinero porque no saben ni qué es el dinero. Y nos dimos cuenta de que es gracias a gente como Erik, que pone todo su empeño para ayudar a gente que no conoce de nada, que estos países no se derrumban del todo.



La última cena comimos una pizza increíble con Erik y Rabin en otro lugar de Lonely Planet, la pizzería Fire&Ice, super recomendable también. Nos desearon suerte para el trekking y fuimos a dormir pronto ya que al día siguiente nos levantábamos bien temprano para empezar la aventura. La primera parada era Besi Sahar, uno de los primeros pueblos del trekking, y desde ahí empezaríamos a andar montaña arriba. Pero la aventura no empieza en las montañas, sino en una parada de autobús perdida a las afueras de Kathmandú donde claramente no aparecen turistas a menudo... Qué carajo pasa aqui? Coño, si el tío de los tickets nos timó! Pues habrá que llegar como sea... Este "autobús" va a Besi Sahar? Yes, yes, yes. Pfff, vamos allá. Y montamos en ese avión sin alas, sin saber donde ni cuando llegaríamos. Sí, habíamos vuelto a Asia.




By Pere&Didi