jueves, 23 de mayo de 2013

TOO MUCH PARADISE


Cuando le preguntas a una persona algo recomendable para visitar en su ciudad, y tras dudar un rato te responde que lo mejor es ir de compras a un mall destartalado, lo único que puedes hacer es salir pitando de ese lugar. Ese lugar es Manila. Así que con un pie bajamos del avión en Manila y con el otro pie nos subíamos a una avioneta destino Corón. Veníamos muy sosegados de Hong Kong, así que llegar a la isla de Corón fue como meterse hasta el cuello en Asia.



Trycicles, motos, algún coche despistao y más trycicles pasándote a centímetros y nosotros con el mochilaje como abducidos y metidos en medio de un caos de myfriends, hi mom, rooms available y island tours. Casas de madera, chapa y bambú que no aguantarían ni el primer soplo del lobo feroz y calles de tierra divisables entre los muchos charcos. No acabábamos de vislumbrar el dichoso paraíso que todos pregonaban, y nos metimos en el primer hostel que encontramos para poder respirar hondo y darnos una buena ducha porque después, todo se ve diferente, y más cuando por ducha en Filipinas entienden echarse cazos de agua fresquita por la cabeza. Para poner la guinda a este marco incomparable comienza una lluvia torrencial. Echábamos de menos la Costa Brava. En ese momento incluso el coñazo de anuncio de Estrella Damm llegamos a echar de menos.



Por suerte, las lluvias tropicales son como una gran pirámide, con un pico de lluvia en plan fin del mundo y se acaban antes de que decidas quedarte a leer en el hostel. Salimos a caminar por los charcos y a ver qué hacer al día siguiente que prometía ser más largo que un día con Falete en brazos. Al final conseguimos una excursión que nos alejaría de aquel incierto pueblo y tras comprobar que las diferentes comidas regionales no satisfacían nuestros malacostumbrados paladares volvimos a casa.




Nos levantamos tan enérgicamente que los nubarrones se apiadaron de estos pobres guiris y se fueron sin prisas a joder a otra isla. La idea de estas excursiones es tomar un barquito e ir de isla en isla con la boca muy muy abierta mientras calculas la profundidad del agua en alta mar. Es tan transparente que se puede ver el coral en el fondo marino a 20 metros de profundidad. Fueron nuestros primeros pasos en el edén, y como Adán y Eva estuvimos 3 o 4 días descubriendo futuros paraísos donde recalar cuando nos echaran de alguno por pecadores, además de comprobar que las playas blancas de las revistas... existen!! Era como estar dentro del fondo de escritorio que sale por defecto en el ordenador, instintivamente tu mano derecha buscaba el ratón... pero sólo encontraba cocos.






Hicimos dos o tres excursiones en barquito, en las que cumplimos un auténtico sueño de infancia... sentirnos Robinson Crusoe en nuestra playa particular de arena blanca, palmeras, muchos cocos y agua transparente! Comimos kilos y kilos de pescado fresco a la brasa, tal cual, sin sal ni aceite ni patatas, sólo un pescado enorme y fuego, algún cangrejo y el plato estrella de los Filipinos... arroz blanco. Sí, digamos que no son gastronómicamente creativos. Como los de Estrella Damm. ;-)





Pasamos incontables horas haciendo snorkel, porque si lo de arriba es un paraíso, lo de abajo es, sencillamente, como llegar de verdad al arco iris y traspasarlo cada vez que metes la cabeza en el agua. Cientos de peces de colores tirando a la psicodelia, otros tantos corales y muchos Nemos! Lo malo del snorkel es que por la noche tienes que dormir en la misma postura en que has estado buceando todo el día, porque por muchos litros de crema solar que te eches, al final del día se podrían cocinar 4 pescados en tus lumbares.






Nos autoechamos de este paraíso para poder pecar tranquilamente en otros lares, y tomamos un barco para cruzar a la mítica isla de Palawan!! Desembarcamos en El Nido, un pueblito enclavado a los pies de enormes montañas Kársticas y que aún mantiene el nombre en nuestro idioma. A unos kilómetros del también caótico centro del pueblo, encontramos la playa de Las Cabañas, larguísima y perfectamente asediada por un frondoso palmeral. Relax sin precedentes. "¿Queréis una foto juntos?" Así encontramos otro tesoro que nos alegraría los siguientes días en esta isla...Rogelio y Noeli, dos maños muy muy friendly!! Ella una viajera con alma de rock, y él sencillamente lleva en su haber más de 80 países. Lo mejor que puedes hacer a su lado es sentarte, pedir una cerveza (dos en el happy hour) y escuchar mil y una historias y aventuras que te llevan desde Etiopía hasta Sri Lanka pasando por Colombia.






Volvimos varias veces a la playa de Las Cabañas, sobretodo en nuestra memoria, porque creo que ninguno de nosotros podrá olvidar a nuestras espontáneas compañeras. A punto de irnos vimos que asomaba la cabeza una tortuga marina, y sin pensarlo dos veces cojimos gafas, tubo y esta vez nos acordamos de llevar la cámara, y a lo vigilantes de la playa nos lanzamos a su encuentro. Les gusta nadar muy tranquilamente, como si su pesado caparazón se convirtiera en gomaespuma bajo el agua. Tan relajadas estaban que no les importó que las acompañáramos en el último baño de la tarde, paseando gigantes a nuestro lado, rozándonos al sacar la cabeza para respirar. Fue sencillamente mágico.




Lo mejor en esta isla ocurría sin duda al atardecer, y no por los happy hours, que también ayudaban, sino porque el cielo se teñía de un rosa que prohibía el parpadeo. Solo podías sentarte en silencio a mirar como las nubes jugaban con la luz, como pinceladas en un cuadro. Y si tienes la oportunidad de contemplar este espectáculo tomando unas cuantas cervezas con dos nuevos amigotes como Rogelio y Noeli, es impagable. "Nadie me quita de pagar una ronda barata, joder, trae acá esa cuenta!" Así decidía sabiamente Rogelio cuando empezaban y acababan los happy hours.




















Aprovechamos esos increíbles días en El Nido para hacer alguna excursión más a las islas, descubriendo la famosa secret beach, secret lagoon y devorando pescados a la brasa, uno de los grandes alicientes de tanta excursión. Decidimos seguir ruta con Noe&Roge, y nos dimos un auténtico homenaje para despedirnos de El Nido... Curry Seafood, para parar un tren. No necesita traducción. Increíblemente bueno, abundante y spicy, tan picante como levantarse a las 5 al día siguiente para coger el bus hacia el próximo destino, el desconocido Port Burton!




Pudimos estar sólo un día y medio en Port Burton, pero aunque hubieran sido diez nos habría sabido a poco. Llegar hasta allí es una gimcana de buses y Jeepneys, pero vale la pena. Por cierto, Jeepney: Todoterreno familar reconvertido a minibus con ínfulas de Hummer limousine en el que el contorsionista más avanzado las pasaría putas para aguantar más de 20 minutos. Es el transporte favorito de los filipinos, que arman un jeepney para cubrir cualquier ruta imaginable. Suben unas 30 personas adentro, un tío arriba va cargando todo el material, una cabra se queja al lado de las mochilas, un gallo canta dentro del jeepney y dos cerdos conversan en la parte posterior. Si hace falta suben otras 30 personas arriba, al lado de la cabra, las mochilas y los cerdos. Tal cual, sin exagerar ni media.




Hicimos una última visita a los paraísos perdidos de Palawan junto con nuestros maños favoritos, con la fortuna de ser la mejor excursión de todas. Un chico supersimpático del pueblo se ofreció a llevarnos a los 4 en su pequeña barca arriba y abajo buscando tortugas, jardines de coral y playas paradisíacas, ni un loco se habría ido de aquel lugar... a menos que ya tengas el vuelo pillado. Cinco minutos antes de partir nos sorprendió Rogelio con una última remesa de cervezas frías que se sacó de la chistera para celebrar nuestra marcha... literalmente, por fin se quedaban tranquilos! Un tío Enorme.





Como sólo hay un jeepney diario tuvimos que volver en moto, una hora de trayecto con dos mochilas cada vez más cansinas cada uno, por un camino letal, de esos con niños corriendo para saludarte y vacas cruzadas en medio del camino. Creo que ahí empezamos a darnos cuenta de cuanto nos gusta Filipinas...

Y acabamos este post desesperados porque llevamos unas cinco mil palabras intentando describir lo que sentimos al ver esas aguas, playas, palmeras y sonrisas... y con la sensación o la certeza de no estar consiguiéndolo. Es francamente imposible describir un atardecer en El Nido.





By Pere&Didi

domingo, 12 de mayo de 2013

FUTURE AND THE CITY: HONG KONG


El destino final de todo el embrollo de vuelos, tránsitos, trenes y más vuelos era Phillipines, pero el vuelo  fue Lima - Hong Kong, con escala en NY, así que antes de llegar a los paraísos finos filipinos decidimos pasar unos días en la perfección vestida de ciudad, Hong Kong.



Hong Kong es un conjunto de islas, un gran grupo de cosas bien hechas en una ciudad top, absolutamente diferente a todo lo que conocíamos porque aún no hemos estado allí en el tiempo: es el Futuro. Hong Kong es lo mejor de China y lo mejor de occidente unidos tan astutamente que la pantalla del Tetris queda limpia con cada nueva pieza. Hong Kong es un ejército de chinos que ven la vida a través de la pantalla de su móvil, centros comerciales en los que comprarías todo y mercadillos en los que ni te atreverías a probar una sola sustancia de las que se venden, pero también es comida increíble a precio de Asia y un sinfín de rascacielos que te invitan a estudiar arquitectura, una ciudad vertical.






Lo primero que hicimos fue agenciarnos una Octopus card, tarjetita recargable para no ir con calderilla, que te permite hacerlo TODO, con la comodidad que eso conlleva. Metro, bus, tren, teleférico, tranvía, ferrys, compras, café, copa y puro, ta tó pagao con la Octopus.

En muchos puestos callejeros venden camisetas en las que pone "yo también me perdí en Hong Kong". Pues nosotros unas diez veces, cada día y en cada barrio. Pero la culpa nunca es de HK, porque está todo perfectamente pensado e indicado, sólo hace falta entender la dinámica de la ciudad, cosa que te lleva unos 3 o 4 días, justo el tiempo que estuvimos allí.






Nos alojamos en Causeway Bay, zona wapa y poco turística. Llegamos tarde por la noche y vimos que aquello iba en serio. Todos los inmensos centros y tiendas abiertos, gente haciendo rigurosamente cola a la una de la mañana en los probadores (naturalmente, quien no ha necesitado un bikini a medianoche?) y aire acondicionado como para matar de pulmonía a veinte esquimales, en serio, están zumbaos con esto. A nosotros estos horarios nos vienen de lujo, porque como buenos españoles, no somos capaces de acostumbranos a cenar prontito y tenemos que ir siempre corriendo antes de que nos cierren los sitios. En Hong Kong nunca llegas tarde, aunque tengas que esperar a Pedri.




Por si ocupar todos los locales a pie de calle para uso comercial fuera poco, usan todas las plantas del edificio para poner cines, peluquerías y restaurantes. A esto último no le acabamos de pillar el truco... Entras en un edificio, saludas al portero, subes 14 pisos, llegas a la planta y la puerta del ascensor se abre dentro del comedor mismo, acompañado de unas campanitas y unas luces que te iluminan en plan lluvia de estrellas. Pides el menú y hasta aquí bien, pero puede que sea demasiado caro para ti o que te parezca incomible lo que tiene... bueno pues tienes que dar efusivamente las gracias, retroceder tímidamente mientras haces reverencias (no se a cuento de qué, pero te salen) y apretar incansablemente el botón del ascensor mientras sostienes la mirada de todos los ocupantes del comedor en tu nuca, y otra vez con las puñeteras campanillas te llevas tu hambre y tu orgullo abajo del todo.



En los días que disfrutamos HK fuimos saltando arbitrariamente entre occidente y oriente. En occidente fuimos hormiguitas entre los rascacielos de la city y nos perdimos cientos de veces entre los lujosos centros comerciales que hay en las primeras plantas de cada edificio. Como es prácticamente imposible cruzar la calle, ya que la planta baja de la ciudad está pensada para el tráfico, los peatones tienen que moverse por  pasarelas acristaladas en altura que intercomunican entre sí los incontables rascacielos, lo que da una cuarta dimensión a la ciudad. Cuando estás en ellos, instintivamente levantas la cabeza buscando coches que sobrevuelen tu cabeza, vamos que nos faltaban la ristra de chorizos, la boina y la bota de vino.






No muy lejos de los rascacielos saltas a la China en estado puro, los Dry Fish Markets, con miles de alimentos con mala pinta y peor olor. Bueno, alimentos para ellos, que nosotros seguimos una extricta dieta mediterránea a base de huevos fritos y panceta, que excluye únicamente por su perfil lipídico la brochetas de lagartos, los piscolabis de gusanos, babosa-burguers y las aletas de tiburón que se vendían por sacos... pensaba que era ilegal, joder, pero estábamos en oriente.






Y allí mismo encontramos templos donde el incienso es por demás, que te descuidas mirando un poquillo y entran tres chinas marujonas a rezar agitando un manojo de incienso y te crees morir ahogado alli mismo. Sales asfixiado pensando lo típico de "Ay que malito estoy, llevadme a un bar" y tienes suerte, porque puerta con puerta están restaurantes y bares del máximo nivel del soho. Está todo pensado en Hong Kong.





Es una sensación muy, muy agradable pasear por los cuidadísimos parques y encontrar museos y exposiciones espectaculares, gratis y otra vez perfectos. En realidad, nosotros solo vamos a los estrictamente necesarios, pero aquí eran divertidos y muy interactivos, como uno sobre el vino donde evocamos todos esos aromas que a día de hoy tanto echamos en falta; por cierto, mejor que cualquier otro museo del vino que hayamos estado. Tenia que ser en Hong Kong, manda huevos.




Además en todos los lugares públicos cada manecilla de cada puerta es desinfectada 6 veces al día (entre esto y las mascarillas a lo Michael Jackson, se entiende que algo paranoicos son). Nos divertíamos pensando cómo sería España si las administraciones se hubieran gestionado con una décima parte del rigor y criterio que en HK. Pero nos divertimos mucho más jugando con las figuras de cómic expuestas en la calle!





El último día, con vuelo hacia Filipinas por la noche, aprovechamos para visitar la isla de Lantau, donde está el gran Buda y un pueblecito de pescadores muy chinauténtico. Gracias a la perfección del sistema de autobuses pudimos recorrer toda la isla tranquilamente tomando unos 8 transportes y un tiempo de espera total acumulado de unos 2,5 minutos. Acojona, ehhh! 



Llegamos al monasterio de Po Lin y tras buscar un rato infructuosamente la senda para ir hacia el Gran Buda, ya cansados preguntamos al primero que pasaba. "Éstos empanaos de dónde salen, copón, siempre me toca el tontaco" debió pensar el buen hombre, porque si se llama GRAN Buda es por algo... levantamos un poco la cabeza y allí mismo estaba, enorme y tranquilo, incluso creo que riéndose de nosotros cuando no mirábamos. A nuestro favor hay que decir que había cierta niebla cuando llegamos, aunque se disipó nada más empezar a subir los 269 escalones que llevaban a sus pies.






Nos despedimos con las mismas reverencias que escalones y en un abrir y cerrar de ojos estábamos por fin en el avión HK - PARAÍSO. Con todas las letras. Aunque llegar a él no fue nada fácil, Hong Kong y su perfección quedaban ya muy lejos...





By Didi & Pedri


P.D: El vuelo Lima- NY - HK estuvo repleto de sueños, sorpresas, perfecciones y alegrías. La mayor de todas, sin duda alguna, nos la dió nuestra amiga Noelia, de Boltaña... ¡¡Baby coming!! Felicidades wapixima, dentro de unos meses regalazooo para todos! Y gracias por dejarnos dar la noticia desde aquí! Besos a los tres!