lunes, 22 de julio de 2013

POETA HO CHI MINH

Todos los nombres propios en Vietnam suenan a película bélica. Suenan a guerra y a personas luchando y muriendo sin saber muy bien porqué. Volamos de Bali a Kuala Lumpur y de allí al sur de Vietnam, a la mítica ciudad de Saigón, que las autoridades e instituciones burocráticas se empeñaron en rebautizar como Ho Chi Minh City (HCMC). Nada más bajar del avión pasas un procedimiento de visado propio de los controles de la Alemania nazi, con soldados mirándote muy fijamente y dándote órdenes muy bruscas para que esperes, te levantes, firmes o te apartes. Justo cuando estás a punto de confesar que eres culpable de todos los cargos, te entregan pasaporte y visado y a correr, tan amigos!




Al salir del aeropuerto un bus público nos dejaría en el meollo de Saigón, cerca de Pham Ngu Lao y Dong Khoi, zona backpacker y centro de la ciudad. Sólo necesitamos caminar 20 metros para encontrarnos cara a cara con nuestra perdición... Cerveza Saigón grande a 10.000 Dongs, al cambio unos 0,40 euros, dónde nos hemos metido?? Antes siquiera de encontrar hostel nos sentamos en un bar esquinero a degustar cerveza de bon matí y a contemplar tranquilamente los rápidos movimientos de ésta nueva sociedad que con la puerta entreabierta nos pregunta de dónde sois y a qué venís a Indochina.




Encontramos una buena habitación a 10$, y esto es una tónica general en Vietnam, muy buenas habitaciones a increíbles precios. Tras acomodarnos salimos a ver cómo nos recibía ésta misteriosa ciudad con nombre histórico. Lo primero que has de tener en cuenta para pasear por sus calles, es que los cobardes se deben quedar a vivir en las aceras, porque cuando te dispones a cruzar, auténticos ríos de motos invaden todos los carriles como en una danza sincronizada que solamente ellos saben bailar. Has de fijar la acera objetivo, respirar hondo y seguir un paso regular para que te vayan esquivando. Es de muy valientes cruzar con los ojos abiertos, tan recomendable como mirar mientras te están operando. Es un auténtico ejército humeante y ruidoso que utilizan pitidos y claxons para comunicarse entre ellos. Sólo les faltan estandartes guerreros, aunque debe ser lo único que les falta, porque son capaces de llevar lo inimaginable a lomos de su burra!




Conseguimos llegar al mercando Ben Thang, en el centro, medio para turistas medio para locales. Allí probamos nuestro primer Phó Bó, un caldo de carne con noodles que condimentan hasta la saciedad con cilantro y mil matojos de verduras que a ellos les encantan y a nosotros nos horrorizaron. Era como comer geranios en sopa. Al pedir rollitos de primavera pensamos que era una apuesta segura, pero su obsesión por lo verde les impide prepararlos sin aderezos ni ramilletes. La serpiente y los escorpiones fritos los dejamos para otra ocasión.




Ese día lo dedicamos a caminar sin rumbo por Saigón, una ciudad con muchísima vida en la que al salir de un estrecho callejón de paredes desconchadas das a una gran avenida con parques pulcramente cuidados y edificios modernos. Las calles están repletas de puestos de comida donde los vietnamitas comen y charlan sentados en unas sillas muy bajitas, como de guardería, y allí sentados le dimos muchas más oportunidades a la comida vietnamita que no acabó de robarnos el corazón, aunque podemos asegurar que lo intentamos como si nos fuese la vida en ello. 




Al caer la noche en HCMC hay tanta vida como durante el día, los mercados cierran pero cientos de puestos de ropa y comida toman el relevo montando a su alrededor auténticos mercadillos nocturnos, la gente sale a la calle en tromba como si fueran a una manifestación para aprovechar las horas frescas del día y no queda ni un taburete de enanitos donde sentarse. Los vietnamitas adoran cenar y tomar cervezas con amigos en las terrazas, costumbre que nos encanta porque nos recuerda a ese país que ya se empieza a echar en falta de verdad. La ciudad es caótica pero también muy moderna y está llena de restaurantes y bares para la gente guapa de Saigón en los que pasamos muchas horas leyendo, hablando, riendo y degustando a sorbitos este nuevo mundo, siempre en Asia. 





Para qué nos vamos a engañar, la comida vietnamita no nos gustó. Le meten a todo hierbajos raros de sabores que cascan el plato entero y nada sabe a lo que parece. Allí al contrario que en el resto de Asia, sabe peor de lo que parece. Por suerte, nosotros en esto de la comida siempre somos optimistas y Ho Chi Minh City tenía una sorpresa para nosotros: Las Bakery!! Un sinfín de panaderías y bollerías repletas de croisants y baguettes donde lo difícil es decidir qué no comprar... Legado del paso de los franceses y sus colonias en Indochina, y aunque nos sigan cayendo gordos hay que reconocerles que dominan el arte de la levadura y la mantequilla como nadie. Después de casi 5 meses sin probar un buen pan, supimos enseguida que aquí no moriríamos de hambre.






Aprender por ejemplo los errores y horrores de una guerra. Es imposible estar aquí y no sentir curiosidad por lo que ocurrió en ella ya que Saigón fue en su día el escenario final de la maldita guerra que dejó en un ridículo espantoso a los amiguetes yankis, además de granjearles la antipatía de todo el planeta, sentimiento que a día de hoy está más presente que aquélla guerra que duró casi 20 años. En Saigón hay dos museos de visita obligada. El primero es el Palacio de la reunificación, edificio presidencial dónde el Norte hizo tambalear por primera vez a un ejercito americano que se creía invencible. El segundo, el museo de los horrores de la guerra.




Aquí os dejamos un pequeñísssssimo resumen histórico, de lo que al menos allí se cuenta: Tras la época de las colonias, los franceses se negaban a ceder y devolver el control sobre los países de Indochina que les proporcionaban recursos y buena localización estratégica. Hasta que un simple ciudadano vietnamita que pasó media vida viajando por el mundo, trabajando de lo que fuera y escribiendo versos mientras estudiaba en diferentes ciudades de Europa y América, decidió que su pueblo no tenía que rendir cuentas nunca más a nadie, decidió que su país sería independiente de todo y todos o no sería. Y él sólito empezó una campaña de concienciación a todo un país entero, en todos los ámbitos, rural, cultural y monástico, hasta convencer al 100% de la población de que Vietnam era un pueblo independiente y debía comportarse como tal. Este ciudadano, viajero y poeta era Ho Chi Minh, uno de los revolucionarios con más éxito que haya visto nacer el mundo.Y lo consiguió, dotó a los vietnamitas de un carácter y un patriotismo más fuerte que cualquier arma de fuego, él mismo fue a París para, delante del presidente y todos los ministros de colonias declararse independiente para bien o para mal, diciéndoles en su cara y en su casa que ése mismo día se habían acabado las colonias.




Y así fue, se acabaron las colonias, pero no los problemas para Vietnam. La segunda guerra mundial dejó paso a la guerra fría y la obsesión de los americanos de acabar con cualquier atisbo de sociedad comunista. Por aquél entonces, tras la segunda guerra mundial Vietnam quedó separada entre la república democrática del sur y el norte comunista. Los Americanos se aliaron con Vietnam del sur para luchar contra el norte comunista, pensando que con todo el duro armamento americano sería pan comido acabar con unos cuantos campesinos vietnamitas. Pero no fue como esperaban y ésto desembocó en una guerra de unos 17 años donde EEUU se lió a tirar bombas a diestro y siniestro, sobretodo en territorios vietnamitas pero también en Laos y Camboya por si se les ocurría levantar la cabeza. El norte, por su parte, contaba con el grupo terrorista Vietcong, una guerrilla altamente cualificada en luchar en su tierra, operando secretamente en el sur y causando dolorosas bajas en los americanos y aliados vietnamitas del sur. El resultado final fueron los tanques de Vietnam del Norte entrando en Saigón, capital del sur, hasta el palacio de la reunificación, donde el sur se rindió y se declaró el fin de la guerra. Los americanos se fueron con el rabo entre las patas, después de haber provocado una carnicería de vietnamitas en una guerra en la que nada tenían que ver, con media población mundial indignada y sin haber sacado nada en claro de tanta muerte. Este histórico Palacio de la Reunificación, que rezuma hormigón, bunkers y burocracia de la dura, decidieron conservarlo tal y como estaba en 1975 el día del fin de la guerra, y éste es el primer museo donde decidimos ir a entender qué pasó exactamente esos días.




Estando cara a cara con el palacio uno puede imaginar perfectamente lo que fue esa época, las salas de reuniones austeras, los cuartos secretos, la habitación del presidente y su família con acceso secreto al búnker... Los teléfonos y radios en el salón de los mapas donde se decidían los ataques o las emboscadas a los vietcongs. Caminando por el silencioso búnker se nos ponía la piel de gallina, pero como es tan grande te da tiempo a que se te pase el respeto y puedes hacer fotos chorras tranquilamente.






De allí fuimos directos al museo de los horrores de la guerra, el otro museo de visita obligada de la ciudad, donde, efectivamente, uno puede comprobar con sus ojos el dolor soportado por esta gente no hace ni siquiera 40 años. No es difícil comprender su carácter a veces reservado y arisco. Demasiado simpáticos son con lo que les cayó encima. Porque los americanos, además de bombas, napalm, etc... hicieron uso del maldito agente naranja, un defoliante para deforestar selvas y que los vietcongs no tuvieran donde esconderse, tan tóxico que al cabo de 30 años sigue produciendo malformaciones en la población. Bravo...



Acabamos el día aturdidos, tomando un café en una agradable cafetería donde unos chicos cantaban en vivo pero en baja voz, ambiente tibio y acogedor donde dejamos resbalar nuestros pensamientos en lo que acabábamos de ver y aprender pero no del todo entender. Qué fuerza tienen esta gente, cuatro tíos de metro cincuenta descalzos por la selva decidieron que no los invadían y no hubo dios que pudiera con ellos. Al acabar la guerra en 1975 eran unos 27 millones de habitantes. Hoy en día son 90 millones y los infinitos niños que hacen vida junto a sus mayores en la calle dejan claro que esta gente tiene lo que hay que tener, ganas de vivir en paz.




By Pere & Didi.

1 comentario:

  1. Muy bonita entrada. Tengo pendiente una cita con esta gente, espero que pronto.

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