sábado, 31 de agosto de 2013

LOS HORRORES DE PHNOM PENN

En una novela policíaca de John Burdett hay un dicho: "Intenta trincar a alguien por algún delito en Phnom Penn". Imposible. Al llegar de noche a la capital nos costó bastante asimilar que seguíamos en Camboya, todo son edificios altos, de ese moderno anticuado que se lleva en Asia, y con un entramado de calles, bares y antros sólo apto para ratones de ciudad y conductores de tuk-tuk.




Phnom Penn es una ciudad llena de contrastes, durante el día los camboyanos son gente muy educada y de trato agradable, te intentan ayudar en todo y es divertido caminar por el gran mercado central rodeado de dos figuras muy icónicas en esta ciudad: Monjes y Pijamas. Hay una gran cantidad de templos dedicados al estudio del Budismo repletos de jóvenes que desde primera hora se calzan la túnica, como los que veíamos cada mañana justo enfrente de nuestra ventana. Y una nueva moda a la que no acabamos de pillarle el gusto estético es lo del Pijama, ya que por todos lados hay chicas vestidas tal cual, como si se acabaran de despertar y fueran bostezando a mear al baño, una moda... cómoda.



Callejeando entre altos edificios y pagodas llegamos al margen de nuestro viejo amigo el río Mekong, que en Phnom Penn hace una última parada antes de ir hacia Vietnam. Toda la zona del paseo Fluvial es un bullicio de gente paseando, vendedores de flores, tuk-tuk y familias enteras sentadas donde sea y comiendo lo que sea. El palacio real es una maravilla de mil colores y brillos que resalta en medio del paseo, pero decidimos dejarlo para el día siguiente porque la visita obligada en Phnom Penn son los "Killing Fields", que se encuentra a unos 15 km del centro. Hartos de tuk tuks alquilamos una moto para fundirnos entre el caótico tráfico y comernos todo el polvo del sudeste asiático.




Nunca hemos guardado tanto silencio visitando un lugar como en los "Killing Fields", los campos de exterminio donde tu imaginación te enseña que no hacen falta fotografías ni cuadros ni esculturas para comprender algo. Es tan reciente que duele al escribirlo. Resumiendo mucho: Tras años de inestabilidad en el gobierno, en 1973 un grupo de Militares conocido como los "Jemeres Rojos" tomó el control del país para darle un giro radical a su historia, pasado y futuro. El movimiento pretendía crear una nueva sociedad totalmente rural empezando de cero, enviando forzosamente a la gente a trabajar desde las ciudades al campo, eliminando todo rastro de las antiguas colonias.




Y así fue como su líder, Pol Pot decidió cargarse a un millón de los suyos en menos de 3 años, incriminándolos de forma paranoide por hechos tan absurdos como hablar otra lengua (lo que podía suponer tener contactos con la CIA), llevar gafas (algo parecido a ser intelectual), comer algunos granos más de arroz (traidor). A los Killing fields llegaban continuamente camiones cargados de gente inocente que en menos de 24 horas eran brutalmente ejecutados, normalmente sin usar ni una sola bala, como medida de ahorro.... No se conserva nada en este museo, sólo campos y fosas comunes. Suficiente. Lo único que se conservó fueron las torres de silenciamiento, provistas de potentes altavoces donde sonaba repetidamente el himno del nuevo gobierno para que desde fuera no se escucharan los gritos de horror provenientes del interior.



Nada más que decir. Nosotros mismos nos quedamos sin palabras ese día. El régimen fue derrocado gracias a los vietnamitas en el 1975, y el líder Pol Pot en arresto domiciliario hasta que murió en el 2006. Mención especial a los amiguetes de la ONU, que pese a estar reconocidos todos los crímenes cometidos siguieron aceptando a los Jemeres Rojos como gobernantes de Camboya hasta la década de los noventa. Sigamos creyendo en ellos y  en otras grandes farsas de nuestra sociedad que nos ha ido muy bien hasta el momento.


Con la piel de gallina fuimos a visitar la otra gran prueba de fuego en Phnom Penn. La cárcel de Tuol Sleng, más conocida como S-21, el lugar dónde capturaban e interrogaban a todos los inocentes días antes de enviarlos hacia los campos de exterminio. La cárcel era una antigua escuela situada en medio de una totalmente deshabitada ciudad por culpa del éxodo forzoso hacia el campo. Es francamente estremecedor que en las aulas construidas para albergar carreras y risas de niños, ahora solo queden los muros que atropelladamente se levantaron para dividir celdas y pizarras agujereadas. Como única documentación hay cientos de paneles con todas las caras de los que por ahí pasaron, y murieron, claro. Sólo 7 personas sobrevivieron a la S-21.





Tras esas dos visitas decidimos coger la moto y perdernos sin rumbo por la ciudad, para no tener que hablar de lo visto, para reflexionar con un poco de viento en la cara, para llorar por dentro, para intentar entender cómo esta gente puede ser tan tremendamente simpática con lo que han sufrido hace poco más de 30 años, y para comprender que este mundo está lleno de hijos de puta que incluso pueden llegar a gobernar países. Los camboyanos son un ejemplo digno de admirar en este sentido, porque si una sociedad entera ha sido capaz de superar algo tan terrible como lo que les ocurrió y han sabido conservar su sonrisa, nuestras crisis económicas, que en comparación con su holocausto no son más que una broma pesada, jamás deberían robarnos la nuestra.




Esa noche intentamos sin mucho éxito ir a cenar a algun beer garden, terrazas con cerveza de barril fresquita y barbacoas de todo tipo. Hemos podido atrevernos en cuanto a comida se refiere con casi todo pero con estos friki-pintxos no le pudimos hacer frente. Adivinaís cuales son?? A cambio acabamos comiendo pizza en un gran centro de relaciones internacionales. Concretamente de blancos mayores de cincuenta relacionándose con camboyanas menores de 20. Hasta llegar a Phnom Penn no habíamos comprendido lo del turismo sexual. Tras dos días en la ciudad está todo comprendido.




Al día siguiente aprovechamos las últimas horas en Camboya antes de tomar el avión e hicimos una visita fugaz al palacio real, precioso por fuera, un timo absoluto por dentro, con muchas salas cerradas y sin ningún interés real. 6 dólares mal invertidos, para además hacerle pasar a Diana un bochorno absurdo ya que tuvo que cubrirse con un pareo-andrajo para que no se le viesen las piernas. Muy bonito, fuera del palacio hay niñas de 15 años enseñando algo más que su cultura, pero dentro enseñar las rodillas es algo escandaloso.






6 dólares, justo lo que nos costó el último tuk-tuk que nos llevaría al aeropuerto. Habíamos conseguido un avión barato para viajar a Thailandia y evitar mil problemas de visados entrando por aire. En el aeropuerto de Bangkok, esperándonos el reencuentro más emocionante y esperado de lo que llevamos de viaje, sólo un problema: en una hora y media sale el avión, y al preguntarle al del tuk-tuk cuanto tardábamos, su respuesta nos dejó helados: "Con este atasco?  Hora y media".



By Pere&Didi.

miércoles, 28 de agosto de 2013

ESPECIAL 6 MESES



Estamos en el ecuador. O mejor dicho en lo que pensábamos que era el ecuador del viaje cuando lo planeamos al principio, porque si algo bueno tiene viajar sin límite de tiempo y sin rumbo son las cambios de planes. Como buena muestra de ello decidimos pasar de largo por nuestro siguiente destino que era la capital de Camboya, Phnom Penn, y poner rumbo al sur del país para hacer examen de conciencia y recuento de lo que hemos aprendido hasta ahora. Allí descubriríamos una de las islas más bonitas que hemos visto hasta ahora. Sí, sí, aquí en Camboya.



Koh Rong es una isla que se encuentra a dos horas en barco de la costa sur de Camboya y solo desde hace unos meses está abierta al turismo, ya que anteriormente llegaban solamente un par de barcos a la semana lo que hacía muy difícil llegar hasta allí. Esto significa dos cosas: la primera es que no hay hoteles, tan solo unas cuantas casas de isleños convertidas en improvisadas guesthouses hechas con tablas y la segunda, kilómetros y kilómetros de playa para ti solito. Podemos perdonarle a la isla que no tenga agua caliente....



Si algo hemos aprendido durante este tiempo es a adaptarnos a los cambios rápidamente, un día te tienes que duchar con un cazo y al día siguiente tienes que estudiar aeronáutica para abrir un grifo, en unos lugares te proteges de los mosquitos y en otros de serpientes, aprendes a dormir ya sea en litera, en una cápsula de un autobús o en una lona de una tienda de campaña. De esta forma nos tuvimos que adaptar también a que jarreara en la isla paradisiaca en la que nos encontrábamos e incluso le encontramos el gustillo a bañarse en medio de un chaparrón ante la estupefacta mirada de los lugareños. O_o. Gotas de lluvia que caen desde arriba, gotas de mar que rebotan desde abajo. Pues nada, ya que estamos aquí esperamos a que escampe, un día, dos, o los que sean. "¿tu tienes prisa?. Pues yo tampoco".







Así que nos dedicamos al dolce far niente, tumbados en un chiringuito en la orilla de la playa, leyendo, zampando y muy de vez en cuando, cambiando de postura. Ya sabéis, la dura vida del mochilero buscavidas. Al tercer día salió el sol y decidimos darle un poco de emoción a nuestra vida de amebas y nos subimos a un barquito que recorría un par de playas de los alrededores. La más espectacular solo tenía como mobiliario un rustico embarcadero, dos hamacas descoloridas y un millón de palmeras. Menos es más.






Si esa impresionante playa de arena blanca y agua transparente era desconocida, cómo sería la famosa Long Beach que está justo al otro lado de la isla, catalogada por The New York Times como una de las 5 mejores playas del mundo?? Pero como todo lo que merece la pena requiere un esfuerzo, a esa playa tan solo se puede llegar cruzando la selva que separa las dos caras de la isla. No debía de ser un camino muy sencillo ya que las indicaciones son chanclas que la gente ha roto intentando cruzarlo. Cuando llegas al final hay un contenedor de reciclaje para que eches allí tus maltrechas flipflops. Es un misterio que Asia esté lleno de mierda por todos lados y ahora se pongan ecológicos en esto.






Finalmente la playa era increíble, descomunal, larga como un día sin wifi, de arena blanca y olas gigantes golpeándote con agua cristalina. Una pena que estuviera algo deslucida por los nubarrones que empezaron a formarse pero igualmente mereció la pena llegar hasta allí. Ya de vuelta al lado "civilizado" de la isla, aplicamos la nueva modalidad de recompensa para exfumadores: "por lo bien que lo he hecho, una barbacoa para el pecho" y la repetimos todas las noches, pescadito fresco a la brasa...mmmm. 






Salir de aquella isla una vez que empezó a lucir el sol fue dificilísimo, y lo posponíamos un día tras otro, hasta que fuimos curiosamente animados a alejarnos de aquella arena de ensueño por unos simpáticos animalitos: las sandflies. Son unas moscas monísimas y diminutas que dejan, si que tu te percates de nada, unas picaduras monísimas también, que van digievolucionando espantosamente y pican a morir. 167 picadas fue el computo final en el cuerpo de Didi, que se vuelve a llevar el premio gordo en cuestión de bichos. Vale vale, me habéis convencido, ya nos vamos.





Ha pasado ya medio año desde aquel 20 de febrero, día en el cogimos nuestras entonces relucientes mochilas y embarcamos hacia Buenos Aires. Desde entonces no ha habido ni un solo día en el que no hayamos pensado que fue la mejor decisión que pudimos tomar, poder escuchar lo que dicta tu corazón y dejar que él te guíe en el camino, es algo que te llena de una energía y un optimismo capaz de sacudir de un plumazo todos los problemas que te encuentres en ese camino y en cualquier futuro. Es una lección muy valiosa para nosotros y esperamos no olvidarla nunca, de momento seguiremos cumpliendo nuestros sueños pasito a pasito, disfrutando de esta vida.




By Pere&Didi.

lunes, 26 de agosto de 2013

ANGKOR WAT NOS ABRE LOS OJOS


Una de las peores cosas que en mi opinión tiene hacer un viaje largo, es que ves constantemente cosas espectaculares. Parece raro dicho así, por una parte hace que tu esfuerzo merezca la pena pero por otro tu capacidad de sorprenderte y quedarte anonadado va bajando cada día un poquito. Ya no eres tan impresionable como al principio, cuando hacías una foto a cada palmera y cada vaca que encontrabas en el camino, cuando hacías trayectos de 20 horas en bus con los ojos tan abiertos que escocían para no perderte ni una colina. Lo mires por donde lo mires, es una pena que sólo algo realmente maravilloso te deje con la boca abierta. Es una suerte para nosotros llegar justamente en este apático momento, a un lugar donde tus sentidos se vuelven a sacudir. Estamos en Angkor Wat!




El bus desde Laos nos dejó de madrugada en Siem Riep, el turístico pueblo desde el que se visitan las ruinas de Angkor Wat. Esto es otro rollo y se nota que este país ya sabe a quien se enfrenta cada temporada, el cajero te da dólares y hay desayunos continentales que parecen más bien brunch newyorkinos. Allá donde fueres haz lo que vieres y durante un contundente desayuno con Kirk nos llegó la esperada noticia de que Rafa había recuperado el dichoso pasaporte, el cual estaba a punto de ser usado para aterrizar en breve en Siem Riep. Olé!! Sólo nos quedaba juntarnos de nuevo para ir a ver las ansiadas ruinas de Angkor Wat.




Nada más llegar fuimos a celebrarlo con una comilona y cervezas, la única forma en que algo pueda ser aceptado como celebración, y aun nos quedaron fuerzas para alquilar unas bicis y llegar a la puesta de sol sobre Angkor Wat. Debo decir que el hecho de ver el amanecer o el atardecer en lo que fue este gran imperio está francamente sobrevalorado, porque da igual la luz o la hora del día que sea, es espectacular aun siendo noche cerrada! Curioseamos un poco por el templo principal y nos sorprendimos con los niños que venden postales en los alrededores, que al contarles de donde eras te sabían decir capital, demografía y renta per capita de tu país mejor que tú cuando estudiabas geografía.




Volvimos a Siem Riep con una ligera idea de la belleza de las ruinas de Angkor, antigua ciudad de culto y capital del imperio Khmer, y volvimos a celebrar el hallazgo del pasaporte, y para variar con otra comilona y cervezas. Aquí se paga en dólares, así que algo de fiesta del tipo occidental habrá, no? no nos equivocamos mucho, además un estridente neón señalaba perfectamente la recién bautizada Pub Street. Tras la cena encontramos un garito de nuestro exquisito y exigente  gusto, el primero que había vamos, y allí nos afincamos porque además de buena música (¿es que en todo el puto planeta se escucha la misma música?) regalaban una camiseta bastante cachonda por cada dos cubos de cubata. Sólo decir que cada uno de los cuatro integrantes del grupetto volvimos al hostel vestidos con ellas.



Ni que decir tiene que ninguno se levantó para ir a ver el amanecer como habíamos jurado y perjurado antes de retirarnos a nuestros aposentos, así que cuando amanecimos nosotros, el sol estaba ya muy alto. Ataviados con las obligadas gafas de sol y mucha agua Rafa y Kirk aprovecharon su último día para la visita obligada de las ruinas. Nosotros nos dimos el gustazo y le dedicamos unas horas a uno de los grandes placeres de la vida que es la siesta del desayuno. Los monjes, siempre tan fotogénicos, seguro que entendían nuestra ausencia.




Ésa misma tarde nos despedíamos de Rafa y su curioso acompañante Kirk. Viajar con alguien durante unos días es una experiencia que une muchísimo, y aunque siempre duele separarse de un amigo, ya son muchas las veces que nos hemos abrazado con Rafa y el hasta pronto se ha cumplido siempre pronto. Los viajeros al despedirnos siempre nos deseamos suerte, pero esta vez no hizo falta, ya somos muy afortunados. Hasta pronto!




Curiosamente sin cubatas de por medio, es mucho más facil levantarse a las cinco y media para ir a ver el amanecer. Estábamos recuperados pero no tanto como para hacerlo en bici así que alquilamos un cómodo tuk-tuk que nos llevaría de paseo por el circuito pequeño de las ruinas. Allí estabamos nosotros a la 6:00am preparados para ver amanecer tras las torres de Angkor Wat. Nosotros y 3000 personas más que ocurrentemente habían tenido la misma idea. La verdad que es impresionante ver como las torres del palacio se recortan en un cielo malva, como si fueran llamas de piedra. Ese es el momento en que los niños de las familias que viven alrededor de las ruinas se meten en el lago para recortar las flores de loto que por unos instantes aún permanecen abiertas.


Vale que lo de ir a ver amanecer, aunque es espectacular y vale mucho la pena, no fue una idea de lo más original, pero sí acertamos de pleno convenciendo al chico del tuk-tuk para que nos hiciera el recorrido en sentido contrario al que lo hacía todo el mundo. Tras sólo una horita para explicárselo, duros de mollera estos camboyanos, empezamos el recorrido y nos aseguramos la mitad de los templos para nosotros solitos, como auténticos saqueadores de tumbas.



Angkor Wat fue un gran imperio que dejó hasta nuestros días cientos de templos repartidos por una gran extensión de tierra. Cada uno es diferente del otro pero tienen en común la arquitectura recargada y una piedra que con el paso del tiempo se ha ido enmoheciendo y tornando de unos colores que la hacen más impresionante aún. A los árboles que crecen allí no les debieron imponer tanto, puesto que allí donde cayó su semilla crecieron y ahora extienden sus raíces sin vergüenza, derramándose por sus fachadas como en las historias de aventuras más fantásticas.



Cada templo adopta formas diferentes, a veces son miles de caras de Buda que te sonríen con la mirada desde cualquier ángulo, otras elefantes que usan sus trompas como cimientos, y otras la silueta del templo entera se alza como un magnífico Buda tumbado. Puedes estar una semana entera visitando las ruinas y no cansarte nunca de sentirte Indiana Jones cada vez que cruzas un portón de piedra o descansas tras un muro, vuelves a ser un niño y a sentir la pasión de aquellos descubridores de principios de siglo que parece que no dejaron nada por descubrir en este planeta.




Y es que el viaje nos volvía a dar una lección, por mucho que hayas visto y sentido, por muchos kilómetros que creas que has recorrido, mantén los ojos abiertos y deja que el mundo y lo que en él habita, vuelva a sorprenderte.



By Pere&Didi.