lunes, 26 de agosto de 2013

ANGKOR WAT NOS ABRE LOS OJOS


Una de las peores cosas que en mi opinión tiene hacer un viaje largo, es que ves constantemente cosas espectaculares. Parece raro dicho así, por una parte hace que tu esfuerzo merezca la pena pero por otro tu capacidad de sorprenderte y quedarte anonadado va bajando cada día un poquito. Ya no eres tan impresionable como al principio, cuando hacías una foto a cada palmera y cada vaca que encontrabas en el camino, cuando hacías trayectos de 20 horas en bus con los ojos tan abiertos que escocían para no perderte ni una colina. Lo mires por donde lo mires, es una pena que sólo algo realmente maravilloso te deje con la boca abierta. Es una suerte para nosotros llegar justamente en este apático momento, a un lugar donde tus sentidos se vuelven a sacudir. Estamos en Angkor Wat!




El bus desde Laos nos dejó de madrugada en Siem Riep, el turístico pueblo desde el que se visitan las ruinas de Angkor Wat. Esto es otro rollo y se nota que este país ya sabe a quien se enfrenta cada temporada, el cajero te da dólares y hay desayunos continentales que parecen más bien brunch newyorkinos. Allá donde fueres haz lo que vieres y durante un contundente desayuno con Kirk nos llegó la esperada noticia de que Rafa había recuperado el dichoso pasaporte, el cual estaba a punto de ser usado para aterrizar en breve en Siem Riep. Olé!! Sólo nos quedaba juntarnos de nuevo para ir a ver las ansiadas ruinas de Angkor Wat.




Nada más llegar fuimos a celebrarlo con una comilona y cervezas, la única forma en que algo pueda ser aceptado como celebración, y aun nos quedaron fuerzas para alquilar unas bicis y llegar a la puesta de sol sobre Angkor Wat. Debo decir que el hecho de ver el amanecer o el atardecer en lo que fue este gran imperio está francamente sobrevalorado, porque da igual la luz o la hora del día que sea, es espectacular aun siendo noche cerrada! Curioseamos un poco por el templo principal y nos sorprendimos con los niños que venden postales en los alrededores, que al contarles de donde eras te sabían decir capital, demografía y renta per capita de tu país mejor que tú cuando estudiabas geografía.




Volvimos a Siem Riep con una ligera idea de la belleza de las ruinas de Angkor, antigua ciudad de culto y capital del imperio Khmer, y volvimos a celebrar el hallazgo del pasaporte, y para variar con otra comilona y cervezas. Aquí se paga en dólares, así que algo de fiesta del tipo occidental habrá, no? no nos equivocamos mucho, además un estridente neón señalaba perfectamente la recién bautizada Pub Street. Tras la cena encontramos un garito de nuestro exquisito y exigente  gusto, el primero que había vamos, y allí nos afincamos porque además de buena música (¿es que en todo el puto planeta se escucha la misma música?) regalaban una camiseta bastante cachonda por cada dos cubos de cubata. Sólo decir que cada uno de los cuatro integrantes del grupetto volvimos al hostel vestidos con ellas.



Ni que decir tiene que ninguno se levantó para ir a ver el amanecer como habíamos jurado y perjurado antes de retirarnos a nuestros aposentos, así que cuando amanecimos nosotros, el sol estaba ya muy alto. Ataviados con las obligadas gafas de sol y mucha agua Rafa y Kirk aprovecharon su último día para la visita obligada de las ruinas. Nosotros nos dimos el gustazo y le dedicamos unas horas a uno de los grandes placeres de la vida que es la siesta del desayuno. Los monjes, siempre tan fotogénicos, seguro que entendían nuestra ausencia.




Ésa misma tarde nos despedíamos de Rafa y su curioso acompañante Kirk. Viajar con alguien durante unos días es una experiencia que une muchísimo, y aunque siempre duele separarse de un amigo, ya son muchas las veces que nos hemos abrazado con Rafa y el hasta pronto se ha cumplido siempre pronto. Los viajeros al despedirnos siempre nos deseamos suerte, pero esta vez no hizo falta, ya somos muy afortunados. Hasta pronto!




Curiosamente sin cubatas de por medio, es mucho más facil levantarse a las cinco y media para ir a ver el amanecer. Estábamos recuperados pero no tanto como para hacerlo en bici así que alquilamos un cómodo tuk-tuk que nos llevaría de paseo por el circuito pequeño de las ruinas. Allí estabamos nosotros a la 6:00am preparados para ver amanecer tras las torres de Angkor Wat. Nosotros y 3000 personas más que ocurrentemente habían tenido la misma idea. La verdad que es impresionante ver como las torres del palacio se recortan en un cielo malva, como si fueran llamas de piedra. Ese es el momento en que los niños de las familias que viven alrededor de las ruinas se meten en el lago para recortar las flores de loto que por unos instantes aún permanecen abiertas.


Vale que lo de ir a ver amanecer, aunque es espectacular y vale mucho la pena, no fue una idea de lo más original, pero sí acertamos de pleno convenciendo al chico del tuk-tuk para que nos hiciera el recorrido en sentido contrario al que lo hacía todo el mundo. Tras sólo una horita para explicárselo, duros de mollera estos camboyanos, empezamos el recorrido y nos aseguramos la mitad de los templos para nosotros solitos, como auténticos saqueadores de tumbas.



Angkor Wat fue un gran imperio que dejó hasta nuestros días cientos de templos repartidos por una gran extensión de tierra. Cada uno es diferente del otro pero tienen en común la arquitectura recargada y una piedra que con el paso del tiempo se ha ido enmoheciendo y tornando de unos colores que la hacen más impresionante aún. A los árboles que crecen allí no les debieron imponer tanto, puesto que allí donde cayó su semilla crecieron y ahora extienden sus raíces sin vergüenza, derramándose por sus fachadas como en las historias de aventuras más fantásticas.



Cada templo adopta formas diferentes, a veces son miles de caras de Buda que te sonríen con la mirada desde cualquier ángulo, otras elefantes que usan sus trompas como cimientos, y otras la silueta del templo entera se alza como un magnífico Buda tumbado. Puedes estar una semana entera visitando las ruinas y no cansarte nunca de sentirte Indiana Jones cada vez que cruzas un portón de piedra o descansas tras un muro, vuelves a ser un niño y a sentir la pasión de aquellos descubridores de principios de siglo que parece que no dejaron nada por descubrir en este planeta.




Y es que el viaje nos volvía a dar una lección, por mucho que hayas visto y sentido, por muchos kilómetros que creas que has recorrido, mantén los ojos abiertos y deja que el mundo y lo que en él habita, vuelva a sorprenderte.



By Pere&Didi.

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