domingo, 11 de agosto de 2013

LAS SAPA-RIENCIAS ENGAÑAN

Tres días seguidos de lluvia y niebla son muchos cuando estás de viaje. Y pueden llegar a desesperar si tienes cierta prisa. Llegamos a Sapa en el sleeping bus más kitsch de Vietnam: literas dobles! que tienen que ser mucho más divertidas si viajas sólo y te toca compartirlas haciendo la cucharita con un vietnamita. Sapa, por quien no lo conozca, es un pueblo situado en una de las zonas más visitadas de Vietnam, famoso por sus campos de arroz escalonados de formas gaudinianas, tan al norte que huele a china. Tras el fiasco de Ha Long Bay discutimos largo rato sobre si Sapa merecía una visita o por el contrario ya podíamos abandonar el país satisfechos por haber cumplido. Suerte que vinimos!! A búfalo pasado podemos decir que Sapa, sin duda, es lo mejor que nos ha ofrecido este país.




Nada más bajar del bus una chica de la etnia Hmong (Black Hmong, los hay de varios tipos) se juntó a nosotros hasta que encontramos un hostel. Claramente nos ganaba en paciencia, así que de nada sirvieron nuestros "later, later...". El plan de Sapa es muy muy sencillo. Primero rezar para que no llueva, cosa que va a suceder igualmente, segundo alquilar una moto y perderte por los mil caminos que salen y entran al pueblo, todos te llevaran hacia, probablemente, las vistas más bucólicas de campos de arroz que existan en TODO el planeta. Y tercero, seguir a una de estas chicas de la etnia hmong para hacer un trekking por la montaña.




Nosotros no sabemos rezar y si lo hacemos se trata de algo más del estilo línea directa con la naturaleza, tipo "Podría parar de llover aunque sea diez minutos, copón bendito??" Y claro, en ese plan llovió desde que pusimos un pie en Sapa. La chica Hmong que nos siguió el primer día se llamaba Shosho, lo que facilitó por alguna razón que recordaramos su nombre, y era tan cabezona que cada día, al salir de nuestro hostel estaba ahí montando guardia bajo su paraguas para que nos fuéramos a caminar con ella por campos llenos de barro. Amablemente declinamos su oferta cada mañana por la pereza de caminar bajo una lluvia tan insistente.




El segundo día, con más niebla que lluvia, decidimos recorrer en moto los alrededores, un paraíso montañoso de cascadas, riachuelos y sinuosos campos de arroz que nos obligaban a parar la moto cada cien metros para disfrutar otra vez de tanta belleza. Increíble. Son auténticas escaleras hacia el cielo, se hace difícil imaginar que algo tan estético sea útil en este mundo, aunque en Asia este tipo de cosas son el día a día, y lo mejor de todo es que nosotros no estamos acostumbrados a ello.




Rogelio nos contaba un día que hay tres lugares en el planeta donde vale la pena deslomarse para llegar a sus campos de arroz. Los campos de arroz de Bali (yeaah), los campos de la cordillera norte de Filipinas (ouch!), y los campos de Sapa (ufff!). A éste último le da un valor añadido el hecho de que te encuentres en una mezcla de alpes suizos, con construcciones típicas de madera y guisos riquísimos en cazuelas de barro, junto con el mercado hecho por y para los Hmong, donde compran sus especias, sus gusanos, machetes y prendas tan características como las perneras o los gorros. Es un espectáculo para la vista y los sentidos, olfato incluido.



Cuando sonó el despertador a las 6 de la mañana, llovía. Qué hacemos? Vámonos hoy mismo porque aquí estamos haciendo el canelo... Al salir del hostel para desayunar algo evidentemente allí estaba Shosho esperándonos, no se había movido de ahí en tres días la tía, y como cambiamos de opinión como de transporte decidimos irnos con ella a donde fuera, ya más no nos podíamos mojar, y se hablaban maravillas de los montaignards de esta región, así que Shosho, llévanos a tu tierra, la de verdad.




Bueno, claramente el trekking con Shosho estará en el Top 3 de experiencias en este viaje, insuperable!! Tras una breve parada en el mercado para comprar la comida que nos prepararía más tarde, empezamos ruta por inexistentes caminos de barro y piedra que salían del mismo pueblo hacia la montaña. Los Hmong poco tienen que ver con los vietnamitas, son muy muy simpáticos y hospitalarios. "Haces este trayecto cada día?", el barro ya cubría el tobillo. "Sí, claro, pero hay diferentes rutas, esta es la bonita". A Shosho la acompañaban sus dos hijas, jovencísimas y veteranas a la vez, ataviadas con sus mejores prendas Black Hmong, sus únicas prendas.



Caminamos entre bosques, campos de maíz, divisamos campos de arroz entre la niebla, millones de niños vinieron a nuestro encuentro y nos cruzamos con otros Hmong entre la niebla de la ruta. Son como venerables portadores del alma de la montaña. Siempre hacia arriba, llegamos a los primeros poblados, dos, tres o en el mejor de los casos cuatro casas de madera de tejado negro custodiadas por algunos niños que apartan la mirada cuando los saludas. Es curioso lo tímidos que son los niños para saludar a un extraño y lo poco que les cuesta subirse a un búfalo que hace 10 veces su tamaño.




Llegar al poblado de Shosho fue algo que no olvidaremos. Alguien diría que es como retroceder 100 años pero no, es que esto es la realidad hoy en día. Una casa de madera, muchos animales, búfalos, cerdos, gallinas y un bebé danzando con el culillo al aire cerca de las brasas del fuego donde Shosho nos preparaba la comida. Menú: Tofú con noodles y tomate. Sin ninguna duda, ésta es la mejor comida que hemos probado en todo el maldito país. Tanto pho y tanta mierda, con lo fácil que es encender unas cañas de bambú en una casa perdida en medio de la nada y sacarse un guiso delicioso de la chistera... Nosotros sólo podemos sacarnos el sombrero ante ésta gente, los Hmong.




Mientras se guisaba el tofu el abuelo de la casa nos invitó a fumar su pipa de agua arrimados al fuego, y así estuvimos largo rato, el abuelo contando historias que embelesaban al bebé, nosotros fumando su pipa de agua y la abuela abrazándonos como si fuéramos sus nietos. Sabemos que estamos en medio de la nada, pero por favor que nunca acabe este momento. Comimos, delicioso todo, tanto como el licor de arroz al que nos invitaron al acabar. Por lo visto acabarse el vaso simboliza que quieres más, y en milésimas de segundo te rellenan el vasito del rico aguardiente. Tras siete rondas nos dimos cuenta que, o íbamos tirando montaña abajo o perdíamos el bus hacia Laos. Mejor dicho, o volábamos o perdíamos el bus. La solución, como todo en Vietnam, fue una aventura, la mejor hasta la fecha. Sobrevolamos los campos de arroz.




Dos chicos nos llevaron en moto de vuelta a Sapa, entre la niebla, bajo la lluvia y rodeados de infinitos campos de arroz. En ese trayecto aprovechamos para despedirnos en silencio de éste gran país. Escribimos estas líneas ya lejos de Vietnam, con mucha nostalgia y ganas de volver. Quizás porque nos lo esperábamos peor, quizás porque fue la entrada a la mágica Indochina, quizás incluso por su gente? No lo sabemos, pero tras conocer sus dos ciudades, Saigón y Hanoi, tan diferentes y carismáticas ambas, tras navegar por el delta del Mekong, conocer sus playas y el encanto de Hoi An, descubrir su lado salvaje y sus joyas naturales en Tam Coc y la Bahía de Ha Long, y sobretodo, tras conocer muy de cerca a la etnia Hmong en las preciosas montañas perdidas de Sapa, sólo podemos pensar en volver, cuanto antes.



Llegamos a tiempo para despedirnos de Vietnam y tomar el bus hacia Laos, un lugar hasta hace poco desconocido para turistas y viajeros, el llamado país de las mil sonrisas. Pero como veríamos en los siguientes días no es oro todo lo que reluce....




ByPere&Didi.

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