viernes, 13 de septiembre de 2013

ENTRE VIEJOS AMIGOS


Dejamos con pena nuestro efímero resort de lujo en Raylay para tomar el ferry a Phi Phi, mareados y en medio de una de esas tormentas que te recuerdan porqué es tan barata la low season. Nada más pisar el barquito oímos "Bienvenidos al paraíso señores", ahí mismo estaban Pau y los demás, mojados y mareados pero con ganas de aventura. Llegamos a Ko Phi Phi  con la cara verde aceituna, y tras encontrar hostel y comprobar que el resto del día seguiríamos a remojo, decidimos hacer nuestro particular ritual del sol: Cervezas infinitas, rica comida Thai y fiesta hasta las tantas en esta isla dedicada al 100% al jaroteo. Estábamos todos, por fin. Pau, Marta y Cris, los lobos, sus presas ;-) y nosotros dos bailando bajo la lluvia esta canción que se convertiria en parte de la banda sonora del viaje. Impagable.




La mañana siguiente, como no podía ser de otra forma, el ritual del sol funcionó y gozamos de un día espectacular, que aprovechamos para pillar nuestro propio long tail boat y perdernos por entre los islotes hasta llegar a Maya Bay, la mitiquísima y terriblemente turística playa de la película de Di Caprio. Pero llegar a ella nos costó tanto o más que a los protagonistas de la peli, pues el barquito te deja en el agua y las fuertes corrientes y olas te ayudan delicadamente a que llegues a una escalera de cuerdas sorteando ( si tienes suerte) las puntiagudas rocas que pasan a centímetros de tu piel. Que porqué está tan mal hecho? Ni idea, a los Tai que se dedican al turismo les importa el money money money por encima de todas las cosas, lo demás suele ser muy secundario. Pese a esto a mí parecer les conviene mantenerte con vida aunque sólo sea para que puedas pagarles después, pero por lo visto no caen en esto.



Y sí, Maya bay y su playa es de película. Agua turquesa, arena blanca, dos DiCaprios y tres Virginies Ledoyen... Nos habríamos quedado a vivir de no haber sido por las hordas de turistas que empezaron a invadir la playa, aunque antes tuvimos nuestro tiempo para pensar y casi descubrir el sentido de la vida, estirados en la frontera entre blanca arena y verde agua, soñando y viviendo ese mismo sueño. Resignados volvimos al barco, jugándonos las vida por segunda vez con las rocas y olas de la entrada y fuimos a navegar solos y tranquilos por el Mar de Andamán...




¿Paramos allí a comernos las patatas? En un islote apartado de todo se divisaba una playa diminuta sólo apta para Robinsones. nos acercamos al islote más felices que un perro con dos colas cuando vemos un gran revuelo entre los árboles... de repente empezaron a aparecer por todos lados monos guerreros dispuestos a todo con tal de robarnos la comida. Pau estaba ya plantando cara cuando apareció el macho alfa, un monaco gigante y resabiado con cara de se-va-abé-un-foyón-que-no-sabe-ni-dounde-sha-metío, así que Pau levantó el mentón, abrazó las patatas muy dignamente, y comenzó una sabia retirada al barquito que nos llevaría de vuelta a Phi Phi Don, de vuelta a tierra y de vuelta a empezar!



Esa fue nuestra última noche juntos, última cena, últimas cervezas, últimos gintonics y un último abrazo. Los lobos cazando para sobrevivir, las chicas riendo y roncando y yo (Pedri) con Pau sentados en la arena mirando al horizonte, eterno. Un auténtico placer ser amigo de todos ellos. Fins aviat cracks!


By Pere&Didi

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