miércoles, 9 de octubre de 2013

HSIPAW


En el Mr. Charles, el hostel que nos acogió en Hsipaw, pueblito rural del norte de Myanmar, nos explicaron amablemente unas diecisiete veces cómo llegar hasta las cascadas del bosque, un corto trekking que no tenía pérdida: unas 2 horas de camino entre arrozales, cruzando dos cementerios, tres templos budistas, una fábrica de noodles de arroz, muchas bifurcaciones sin señal y puentes de bambú que son una lotería de las que siempre toca… mojarse los pies. Facilísimo. Tan fácil que, puestos a perdernos, decidimos compartir camino con Andrés y Teresa, los conocimos el día anterior en el autobús y son tan salaos que nos hicieron olvidar las incomodidades del transporte Birmano.



Empezamos a caminar y a hablar y no paramos durante prácticamente 5 días enteros, y eso que el sol de Myanmar te deja seco como pimiento choricero, y aún es peor cuando ves la cascada a lo lejos y el caprichoso sendero te lo pone difícil para llegar. Tu cerebro se convierte literalmente en agua. Al llegar nos dimos un merecido baño en una de las cascadas más bonitas que hemos visto, junto a búfalos de agua y pequeños monjes budistas. Hacer el muerto y dejar que el agua te salpique la cara fue el premio perfecto a la calurosa caminata.




De todas formas en esta, como en todas las caminatas que hemos hecho lo mejor es lo que te vas encontrando mientras vas andando. Pasamos por aldeas con noodles de arroz tendidos al sol, búfalos en remojo, campos de arroz infinitos y niños correteando entre todo esto. Hay que abrir bien los ojos y no perderte detalle, aunque eso signifique llenarte de barro hasta las rodillas por no mirar donde pisas...





Al día siguiente seguimos caminando, sin alejarnos mucho del pueblo, y llegamos a Little Bagan, un miniconjunto de templos perdido en los alrededores de Hsipaw que nos dio una ligera idea de lo que nos encontraríamos en el Bagan verdadero, al sur del país. Conocimos un poco más de cerca los monasterios y la paz que reina en su interior además de los cientos de niños monjes que los habitan. Nos preguntamos cómo de niños se sienten todos estos chicos recluidos en un templo desde tan pequeñitos. Aunque sin duda están mucho mejor ahí que en la calle, así que sólo cabe esperar que algún día puedan decidir sobre su vocación. Además pudimos escuchar la historia de Buda contada por Andrés, que nos entretuvo hasta la hora de la comida, donde la atención se la llevó nuestro nuevo descubrimiento culinario: El Laphet Thoke, o ensalada de hojas de té y frutos secos, sin fundamento, pero rico rico!!




La verdad es que Hsipaw daba para mucho más, puedes hacer infinitos trekkings por sus montañas, visitar casi infinitos monasterios de monjes y monjas, y también puedes visitar el mercado de horario más bizarro de todo Birmania,  de 3:00 a.m a 6:00 a.m... No, no fuimos a visitarlo. A cambio cenamos al lado del río con la pareja de estrellas de Jaén, que nos tenía una sorpresa guardada… tras mucho meditarlo cambiaban sus planes y al día siguiente se venían en tren con nosotros, eso sí, por haberles arrastrado a esta decisión, Andrés había calculado que si aquel amasijo de hierros llegaba a caer por el mítico puente  del desfiladero de Gokteik le daría tiempo de sobras para matarnos a los 3!!



Cruzando el pueblo por la mañana para llegar a la vía de tren estábamos todos nerviosos menos Andrés, que podría torear un Miura con una toalla superabsorvente del decathlon y aún se haría amigo del torete. Sacamos los billetes en una oficina de antes de cualquier guerra, con cuatro militares preguntándose qué hacíamos exactamente tomando ese tren, que nunca llegaba a la hora si es que llegaban todos los vagones juntos.



Y nosotros también nos lo preguntamos cuando el chirriante tren llegó (¡en hora!) y al arrancar empezó a bailar y trotar literalmente por las vías, más como un barco azotado por las olas que como un tren con recorrido fijado por una maltrecha vía. Teresa, con algo de vértigo, tardó una hora en destensar sus músculos, y sólo lo consiguió cuando el tren paró en el siguiente pueblecito, y pudimos comprobar toda la actividad que se desarrolla a su llegada. Comida, bebida, todas las mujeres con la cara pintada de tanaka, los niños sonriéndonos tímidamente y más militares mirándonos muy raruno. El tren seguía su marcha con nosotros dentro, sin puertas ni ventanas pero cada vez más cerca del desfiladero de Gokteik, el impresionante paso que, según dicen, corta la respiración.





Paramos en medio de la nada. Qué sucede? Allí, el puente de acero! Cuando todo el mundo ya se ha santiguado, el tren arranca y sigue a 5 km por hora, literalmente, se mete en un túnel y al salir empieza a crujir todo a tus pies, cruzando un puente construido con mucho acero y poca ingeniería en época de los británicos que cruzaba todo el desfiladero de Gokteik, a tal altura que incluso asomarse por la ventana acojona. Algún descerebrado incluso se asomó por la puerta del vagón en mitad del paso… Adrenalina!




El tren va haciendo varias paraditas para que estires las piernas mientras te siguen vibrando por la inercia que te ha dejado el trayecto. En estas paradas los vendedores de los andenes van pasando por las ventanas para ofrecer su comida y hay incluso gente que se baja para una sesión beauty express, a sanearse las puntas y arriba otra vez!!






Y en unas intensas 7 horas de trayecto llegamos finalmente a destino, Pyi-oo-lwin, un pueblo donde solamente hicimos noche para encaminarnos al día siguiente a Mandalay. Ya en Mandalay y puesto que es una ciudad que tampoco es que nos vuelva locos hicimos tiempo comiendo y paseando hasta la noche para cenar con Andrés y Teresa, de los que nos despedimos con mucha pena penita pena, se nos hizo cortísimo el tiempo junto a ellos, sin duda les caerá una visita a nuestro regreso, si lo hay… de momento nos esperaba un transporte para soñar... literalmente porque salía a las 5 de la mañana. Y ahí estábamos los tres caminando hacia un oscuro río en otra oscura noche de Myanmar, sin saber muy bien lo que nos esperaba pero muy conscientes de que en realidad por eso viajamos, para no tener ni idea de lo que nos espera al cruzar la esquina.




By Pere&Didi.


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