domingo, 6 de octubre de 2013

MANDALAY: THIS IS ASIA!!


Con los visados en regla, la entrada a Myanmar fue mucho más sencilla de lo que esperábamos. Es un país cuya férrea dictadura militar ha dejado al país atrasado unos 500 años respecto a sus vecinos, y aunque como turista no te dejan ver gran parte de la realidad del país, la sensación de haber cruzado una puerta umbral espacio tiempo es inevitable. Nuestro vuelo llegaba directo a Mandalay, auténtico entre lo auténtico.



Caminando por la cuadrícula de calles de Mandalay, ninguno de los tres nos atrevimos a hacer ningún juicio precipitado, el shock era demasiado fuerte como para pensar con fluidez, además de poner toda nuestra atención en descifrar por ejemplo qué son las manchas rojas que decoran todo el suelo de la ciudad y que, a la que te despistas mirando cualquier cosa, lo que acaban decorando son tus chanclas y tus pies....Arrrgg.




La situación es muy fácil de describir pero creo que imposible de evocar: El 100% de los hombres visten con un precioso pareo gigante, el Longyi, prácticamente todo el mundo lleva la cara pintada o decorada con tanaka, un colorante natural amarillo que sacan de la raíz del árbol con mismo nombre, en las calles no existen las aceras, sólo polvo y coches en triple fila probando sus cláxons. Por todos lados hay monjes transitando y lo más impactante de todo esto: cualquier persona con la que cruces tu mirada te devuelve una cálida sonrisa.





El hostel al que llegamos, el Royal fue una agorera premonición de lo que nos esperaba en Myanmar en cuestión de alojamiento: Pocho, o como dicen nuestros amigos argentinos, rechoto! Caro y malo vamos, y como el lugar no invitaba a solazarse, salimos a recorrer la ciudad en busca de más sonrisas. Era mediodía y el sol desafiaba en lo alto, y para devolverle el envite decidimos montarnos en una pick up donde nos metieron con calzador para llegar a ver el atardecer en uno de los lugares que más ilusión nos hacía desde hace tiempo. Amarapura, con su famosísimo puente de U-Bein, un puente de teka de un kilómetro de largo que se sostiene sobre larguísimos pilares de madera. El mejor momento para verlo es mientras un solazo naranja desciende sin niguna prisa sobre el río. La pick up nos dejó perdidos en medio de unas chavolas sin rastro de puentes, y al vernos tan despistados un monje se ofreció a acompañarnos para cruzar la barriada hasta el puente. Realmente estamos en el planeta tierra?






Mágico, aunque somos tan pardos que no conseguimos la mítica foto portada de lonely planet, principalmente porque en esta época del año el río está crecidísimo y los pilares se ven... como los de un puente normal vaya... Aun así estábamos tan entretenidos viendo pasar a esta gente tan peculiar, que se hizo de noche sin darnos cuenta y perdimos el último transporte para volver. Cap problema, costó poco encontrar dos motos que nos llevaran de vuelta, así que 3 en una moto y Juanmi en la otra analizando seriamente los distintos tipos de religión a la que rezar o en su defecto, cagarse en ella si van mal dadas. Si durante el día el tráfico acojona, de noche y en moto descubres fácilmente cómo se sentían los kamikazes japoneses, pero con miles de pitidos de fondo.



Al día siguiente, tras comprobar que no había sido un sueño y efectivamente ya no estábamos en la plácida Thailand, decidimos ver las cosas desde otra perspectiva y subimos al Mandalay Hill, una colina con una joya de templo hindú en la cima, mucho incienso, infinitas escaleras y muy buenas vistas de la ciudad, de hecho vista desde arriba parece hasta...no se, bonita o algo así, pero no os dejéis engañar. El camino hasta la cima es largo y se debe recorrer descalzo, costumbre que da mucho por saco, por la pereza... La pereza que nos da a nosotros quitarnos los zapatos y porque a ellos tambien les debe dar pereza barrer las tropecientas escaleras y decir que estan comidas de mierda es poco.






De Mandalay no sacamos mucho más en claro, más bien en oscuro porque caminar más de diez minutos por sus calles implica heredar una gruesa capa de polvo que te acompañará cansina todo el día, así que en una cena improvisada decidimos (ahora ya éramos tres en la votación y nunca quedábamos en tablas) poner rumbo al norte, hacia un pueblecito llamado Hsipaw en un lujoso bus con el lema "donde caben dos caben 100", pero que mereció mucho la pena ya que allí conocimos a nuestros nuevos compañeros de ruta, Teresa y Andrés, viajeros de Jaén con una idea muy clara: viajar es apuntarse a un bombardeo!




ByPere&Didi.

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