viernes, 11 de octubre de 2013

BAGAN: Y SE HIZO LA LUZ


Llegamos bien al barco a las 5 a.m, rodeadísimos de gente con la cara pintada de amarillo, mirándonos como si fuéramos de otra galaxia como mínimo, y encantados de la vida sin saber muy bien lo que nos esperaba. Y por delante teníamos ni más ni menos una de las jornadas de puro viaje más intensas e interesantes que recordamos. El barco que une Mandalay con Bagan sale a las 5:30 de la mañana y llega a destino hacia las 21:00, es un día entero navegando sin ninguna prisa por el río Ayeyarwadi, con un amanecer, un atardecer e infinitas paradas en todos y cada uno de los pueblitos costeros, y siempre con un sonoro bocinazo de advertencia por si alguien en 100 km a la redonda no se había enterado de que llegaba el barco.



Fue toda una aventura y una experiencia, dejamos nuestras mochilas como pudimos entre sacos de patatas, todo tipo de mercancías y comidas, devolvimos todas las sonrisas que nos brindaban y nos aposentamos cerca de la barandilla de ese armatoste de dos pisos que navega  una vez por semana la ruta hacia Bagan, la ciudad de los 4000 templos. Desde el amanecer aun cerca de Mandalay el trayecto es digno del mejor documental, cada parada en cada pueblo es un show de gente corriendo arriba y abajo, mujeres ofreciéndote todo tipo de comidas y gente cargando con sacos que hacen 5 veces su peso por una pasarela de madera de unos diez centímetros de ancho que une el barro de la orilla con la inestable cubierta del barco. Un espectáculo.





Y así lo entendió Juanmi que en la primera parada se pensó que todas las comidas que ofrecían las vendedoras eran gratis (¿incluidas en el billete, azafatas… o_O??) y se abalanzó a llenarse las manos de aceitosas samosas, sin saber muy bien qué hacer con ellas cuando le pedían que pagara gentilmente todos los alimentos que tenía entre manos. Nosotros nos partíamos al verlo rodeado de Birmanas intentando camelárselo.






La verdad es que fue un trayecto del que todas las fotos que sacamos son de portada de national geographic, y Juanmi no perdió el tiempo flasheando todo lo que se le pusiera por delante. Todos acabamos con la batería de nuestras cámaras!


A lo lejos cientos de pagodas y estupas doradas repartidas por el agreste paisaje de las orillas del Ayeyarwadi, el cielo cambiando de color a medida que avanzaba el día, Didi intentando leer y dormir entre bocinazos, Juanmi pegado a su cámara y Pedri contemplando el horizonte deseando que no acabe nunca este increíble trayecto de otra época.





El atardecer llegó lentamente, dándonos tiempo a saborearlo y a despedirnos del barquito y sus colores, del río Ayeyarwadi y las personas que siembran sus orillas con una paciencia y una paz difíciles de encontrar fuera de estos parajes...



Finalmente llegamos a Bagan con los huesos molidos de tanto barco, y cuando nos abordaron unos cuantos buscavidas taxistas no tardamos nada en pactar un buen precio para que nos llevaran al centro sin pasar por la oficina de recaudación del centro de Bagan ;-p así que nos ahorramos las entradas (15 $ por cabeza???). Tuvimos el tiempo justo para encontrar un hotelito al mismo nivel que el resto del país, caro y malo, y unas bicis eléctricas que nos acompañarían todo el día siguiente, para martirio de Juanmi, que ese día pagó una penitencia desmesurada por no saber ir en bici…




Nos levantamos prontísimo un día más, sobre las 4:30 a.m para visitar la joya que, desde el amanecer hasta el fin del día nos dejó con la boca abierta y una imagen grabada en la retina. La ciudad de Bagan fue el punto donde todos los emperadores Birmanos dieron rienda suelta a su excentricidad y decidieron competir contra sus antecesores para ver quién erigía más templos y más magnánimes. Bagan llegó a albergar 13.000 templos antes de que un terrible terremoto destrozara más de la mitad en 1975, ahora quedan sólo 4.000, pero se bastan y sobran para conformar la imagen más bonita que jamás hayan visto mis ojos (Pedri).




Así que tras el madrugón y tras media hora dando vueltas con la bici encontramos lo que buscábamos, el templo de Shwe San Daw. Dejamos las bicis a sus pies y escalamos sus empinadísimas escaleras hasta la cumbre. Eran las 5:30 de la mañana y el sol empezaba a aparecer tras la bruma de la mañana. Los siguientes diez minutos son indescriptibles, hay que ir allí y vivirlo. Cientos de templos empiezan a aparecer en la inmensa llanura sin fin, mires dónde mires en 360 grados cada rayo de sol ilumina un templo entre la niebla, grandes, pequeños, alguno dorado, otro destruido, y todos espectaculares. Nos quedamos sin palabras, literalmente, solamente podíamos mirarnos y agradecer haber llegado hasta aquí.





La siguiente media nos la tiramos entre sacando fotos, frotándonos los ojos y sufriendo un terrible síndrome de Stendhal. Pasado un buen rato y 200 fotos a cual más impresionante bajamos a por las bicis y dedicamos el día entero a perdernos entre todos los templos que encontramos, algunos son visitables y espectaculares por dentro y la mayoría son budistas aunque también hay alguno hindú dando la nota. La gente que habita en Bagan debe estar acostumbrada al espectáculo y al tráfico de gente, aún así no pierden ni un ápice de su buen humor.




Un regalo para la vista, aunque no lo fue tanto para el coxis de Juanmi, que tuvo que ir todo el día sentado detrás de la bici eléctrica de Pedri, y a cada bache emitía un semigemido/súplica/aullido que nos hacía descojonarnos. No tenemos la foto, pero era algo así como:



En un descansillo para las posaderas de Juanmi encontramos una chica muy simpática que tras conversar un rato accedió a pintarnos las caras con thanaka a cambio de poder reírse anchamente de nuestras pintas, y con eso aguantamos todo el día, sintiéndonos un poco más de Myanmar...





Tras dar muuuuchas vueltas y perdernos todo lo que quisimos entre templos como si fuéramos saqueadores de tumbas llegó el atardecer, y decidimos verlos desde el mismo templo en que vimos amanecer, para cerrar el círculo de un día mágico. Y lo fue, ver de nuevo todos los templos encendidos por el rojo del sol como llamas en medio del campo para acabar desapareciendo en la noche nos dejó… exhaustos. Estábamos físicamente y mentalmente agotados de asimilar tanta belleza. Sin palabras. Bagan.




Ya nos podíamos ir, ya era insuperable. O quizás no...? Como el día siguiente nos despertó con lluvia decidimos dejar ese mismo día Bagan y quedarnos en la memoria con lo que fue un día inolvidable, así que tomamos un autobús que nos dejaría a las 2 de la madrugada en Kalaw, lugar desde donde empieza uno de los trekkings más famosos del planeta, el trekking al Lago Inle. Lo que no conocíamos todavía eran las próximas incorporaciones a la trouppe, que sin duda merecen un post aparte!




By Pere&Didi

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