lunes, 14 de octubre de 2013

YANGÓN

A Yangón llegamos pronto por la mañana y a caraperro, pues un tuk tuk nos dejó justo enfrente de la Sulei Pagoda, un cono dorado gigante y tan atractivo que hace que no puedas apartar la mirada de él. Tras constatar que los alojamientos en la “capital” (Yangón es la mayor ciudad de Myanmar pero la capital oficial es Naipyidó que no la conoce ni dios), son aún peores y más caros que en el resto del país, cogimos una habitación triple en una pensión de lo más decadente en el tercer piso de un edificio ruinoso enfrente de la Pagoda.



El primer día nos lo tiramos caminando sin descanso bajo un sol de fuego por las inexistentes aceras y ardiente asfalto de la ciudad, aunque no por mucho caminar tienes el éxito asegurado. Llegamos al museo nacional, cerrado por ser lunes, cosa que no sabíamos. es lo que tiene viajar largo tiempo, que todos los días se llaman igual, y todas las horas son la mejor hora del día.




Pronto nos dimos cuenta de una costumbre un poco estúpida de Myanmar hacia los extranjeros: poner precio al paso por un sinfín de lugares sin mucho interés real, solo por el hecho de ser extranjeros, tipo parques, zonas verdes, la zona de alrededor de las pagodas etc… Lo mejor de todo es que se lo toman tan poco en serio que dando pequeños rodeos puedes evitar perfectamente pagar cualquiera de estas entradas, que además van a parar al bolsillo del gobierno militar que tanto daño ha hecho a la tranquila población civil.




Aún así, pese a haber vivido una dictadura de un lunático y brutales represiones en los últimos 50 años, es el país donde la gente sonríe con más sinceridad. Porque los Myanmareños cuando ven a un extranjero se sorprenden, te sonríen, te miran extrañados y vuelven a sonreír. TODOS te sonríen, los que están recogiendo arroz, el que se sienta a tu lado en el autobús, hasta el que está haciendo trabajos forzados en la carretera tiene un momento para saludarte con su sonrisa. Es maravilloso.




Llevábamos una gran racha de entrar en lugares sin pagar, podemos parecer ratas pero cuando te cobran por pasar por todos sitios ya no te apetece pagar en ninguno y decidimos hacer un doble o nada al lugar más difícil de entrar sin ser visto: La Swe Dagon Pagoda. Otro cono de oro gigante, el más grande del mundo entero con 98 metros de alto, tan dorada que puede resultar cegadora con el reflejo del sol, y otra maravilla que te deja con la boca abierta. Subimos los cientos de escalones que llevan a la pagoda pensando cómo evitar los controles de seguridad, y entre risas y mira aquí, mira allá ni nos dimos cuenta pero conseguimos entrar y enfrentarnos cara a cara a esta joya. La rodeamos varias veces admirándola desde todos sus ángulos, nos dejamos cegar y decidimos no tentar más a la suerte retirándonos con humildes y honestas reverencias.





Una mañana Didi se sacó de la manga una de esas actividades que hace que viajar con ella sea un regalo diario. Cogimos un tren en la misma ciudad que en un recorrido circular pasaba por todos los pueblecitos y mercados de alrededor de Yangón y volvía al mismo punto en unas 3 horas. Fue una dosis de realidad y costumbrismo impagable. 




Sentados en un vagón con enormes ventanas abiertas fueron desfilando delante nuestro vendedores con todo tipo de productos, mercaderes, parejas preparando sus hortalizas recién adquiridas en un mercado al por mayor para luego venderlas en la ciudad, monjes, monjas, invidentes y niños sin otro fin que la diversión de subir al tren en marcha. Lo peor es que casi todos van mascando el vetel, el tabaco que va dentro de un saquito de hierbas y produce cantidades ingentes de saliva roja que acaba esparcida por todos lados. Al final te acostumbras…





Tras dejarnos el tren en la misma estación del centro decidimos tener otra perspectiva de la ciudad, y la mejor forma era subir al edificio más alto de Yangón y degustar un buen cóctel mientras acabábamos de darnos cuenta de dónde estamos realmente y lo afortunados que somos. Vista desde lo alto Yangón parece más ciudad de lo que se siente cuando caminas por sus rotas aceras o entre los puestos de verdura en mitad de la avenida principal. Pero vamos que por muy alto que subas la decadencia sigue ahí, eso sí, con una pagoda dorada digna de admiración.




Aunque no tardaríamos en darnos cuenta de dónde estábamos realmente, porque nada más salir y empezar a caminar hacia el hotel cayó una brutal tromba de agua, un aguacero monzónico de esos que parece el fin del mundo. 




Nos refugiamos en el gran mercado central convencidos que al salir todo volvería a la normalidad. Y así fue, salimos, caminamos sin lluvia, pero a una calle de nuestro hostalillo vemos que la calle está un pelín inundada.

-Ná, si son sólo 50 metros!

- Camina, camina, que ya casi estamos.

- Uf, qué negra está esta agua no? Y cada vez hay más

De repente nos encontramos con agua negra como el carbón por las rodillas, Juanmi buscando su chancla por debajo del agua, una chica pisando en falso y cayéndose entera en el agua delante nuestro, los tíos que ni se inmutan y sacan sus puestos de comida ahí en medio del agua negra, el coche que pasa y genera un minitsunami de olas negras que viene hacia nosotros y los tres descojonándonos de la risa por no llorar. Hicimos de tripas corazón y llegamos al hostal, que nos pareció un hotel de 7 estrellas comparado con lo que acabábamos de vivir… Nos dimos una ducha de media hora por barba y ni aun así nos sentimos del todo limpios…Hoy aún me entran escalofríos solo de ver estas fotos y acordarme... Argggg.




















Nos arreglamos como en las grandes galas porque esa noche íbamos a cenar por lo todo lo alto, había algo que celebrar, los días de Juanmi con el team volteretta llegaban a su fin! Fue casi un mes viajando juntos, muy intenso, de puro viaje, con muchas risas y grandes momentos, muchos recuerdos que quedarán para siempre y que esperamos repetir en cualquier otra parte del mundo.

Fuimos a cenar al 50, un garito extranjero para expats delicioso, donde nos marcamos unos bistecs y hamburguers memorables, recordando los mejores momentos del último mes, desde su llegada a Tailandia, comiendo tendones de pollo perdidos por las montañas de Tailandia, hasta las cascadas de Hsipaw, el viaje en tren, el trayecto en barco, la bici rompeculos de Bagan y el trekking del Lago Inle. Legendary!




By Pere&Didi.

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