martes, 29 de octubre de 2013

A LA CONQUISTA DE MORDOR

Poco a poco nos acostumbramos a tener que buscar y rebuscar un buen lugar dónde pasar la noche, lo suficientemente escondido para estar a gusto sin visitas inesperadas de Rangers, pero no tan rematadamente escondido como para que llame la atención y parezca que escondemos un cadáver.

Debe ser un lugar tranquilo, sin sandflies y donde poder cocinar tranquilamente sin mucho viento y a ser posible con unas buenas vistas para tener un amanecer de película. Un show. Total, que la noche antes de acometer el Tongariro Alpine Crossing aparcamos al lado de una granja de vacas y no hubo rangers ni leches, dejémonos ya de tonterías y vamos al turrón.




El amanecer no fue de cine pero a cambio toda la niebla y nubes del día anterior se habían esfumado y el trekking prometía ser perfecto. Pero esto es Nueva Zelandia queridos viajeros, aquí el buen tiempo dura menos que un helado al sol, y al llegar al aparcamiento donde se empieza la caminata ya estaba el cielo cubierto de nubes. De momento sólo eran nubecitas, así que decidimos plantarle cara a Sauron en su casa y pusimos los pies en el camino. Ya no hay vuelta atrás, pequeño Hobbit!




Cuando llevábamos poco más de 20 minutos caminando nos dimos cuenta de que realmente ese trekking no era una caminata común. Éramos pocos los que ese día habíamos echado a andar, pero todo el mundo parecía asombrado ante el camino que serpenteaba delante nuestro. No sabíamos si estábamos en Marte, en algún cráter lunar o el fin de mundo se había adelantado un par de siglos, simplemente caminábamos intentando entender el paisaje, planicies desoladoras, con vegetación arbustiva y rácana, mucha piedra, volcanes, rojo óxido... Definitivamente estamos en Mordor.




El famoso monte del destino se puede divisar al poco tiempo de camino, y aunque tenía alguna nube tapando su cima, tuvimos tiempo de sobras de imaginarnos a Frodo mariposeando con el anillo y con Sam. No pudimos resistir la tentación de sacar un anillo para hacer la foto más original del mundo, pedimos disculpas.



De repente, cuando creíamos que todo serían rocas basálticas y aridez en general, tras una terrible subida divisamos tres lagunas que parecían oasis turquesas en medio de aquel paisaje donde no sobreviviría ni una vicuña. La bajada hasta las lagunas esmeralda era una pendiente casi vertical de arena impracticable y con un olor a azufre que mareaba, excepto para el que le guste el olor a azufre, que raritos hay en todas partes. Al fin y al cabo es como oler un pedo propio, algo muy personal.





Llegamos vivos a las lagunas, de azul casi transparente, y tras comer el aperitivo que nos habíamos preparado en la furgo (bocadillito de jamón y queso, y eso sí que iba a ser una constante durante el próximo mes), debíamos hacer marcha atrás y desandar todo lo andado para volver al párking. Lo normal es llegar hasta el final y coger un bus que te devuelve al parking, pero el dichoso bus es más caro que darle de comer a Falete. Así que en un último esfuerzo hicimos de vuelta la mortal subida de arena basáltica de 200 metros y a partir de ahí ya fue todo cuesta abajo.




Llegamos rotos a la campervan, sweet campervan, atracamos nuestra pobre neverita y nos pusimos otra vez en marcha, como siempre rumbo al sur. Encontramos un gran lugar para dormir y cenar y prometimos ducharnos al día siguiente al llegar a la capi, Wellington a la vista!



By Pedri&Didi

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