viernes, 1 de noviembre de 2013

LOS DEMONIOS DE TASMANIA

Para quien no haya estado nunca en la costa brava, le podemos decir dos cosas. Primera: insensato! deja todo lo que estés haciendo y vete pallá a perderte en alguna de sus calitas.Vale que el agua no es transparente, está cojonudamente fría y la arena es gruesa y pesada, pero jamás verás una combinación tan perfecta de arena, roca y árbol. Segunda: si no te viene bien acercarte a Gerona, cap problema, coge un avión y en unas 38 horas te plantas en el Abel Tasman National Park, al norte de la isla sur de Nueva Zelanda.




Tan acostumbrados como estamos a recorrer sin descanso los caminos de ronda que unen los pueblitos de nuestra costa, no sabemos si fue por verdadera similitud o por morriña, pero el parque nacional Abel Tasman nos teletransportó literalmente a este trocito de paraíso tan cercano como es la costa brava. 

El parque tiene muchas formas de recorrerlo, casi todas siguiendo una senda que circula por toda la costa a modo de camino de ronda, repasando todas las calas y recovecos, escuchando sus raras especies de pájaros, oliendo la primavera de sus pinos y disfrutando del color de sus aguas. Bucólico nivel Heidi.





Aparcamos el coche, miramos el mapa de la entrada, vimos que necesitaríamos unos 4 días para recorrer el parque entero, y decidimos cargar la mochila y echar a andar hasta que algo nos diera la señal de volver. El parque permite acampar en algunos lugares, y de haber tenido una tienda de campaña nos habríamos quedado en alguna de esas preciosas calas durante unos cuantos días, o semanas, pero sólo teníamos una campervan y no cabía en la mochila, así que a caminar de ida y vuelta.




Andamos casi 4 horas, y tras contemplar, contemplar y volver a contemplar, comernos los bocadillitos de rigor y dedicar un buen rato a nuestra actividad favorita, soñar despiertos mirando al horizonte, decidimos volver sobre nuestros pasos, convencidos de que éste es uno de los rincones de este país tan inabarcable al que estás obligado a volver si o sí, a sabiendas de que nunca lo vas a dar por finiquitado. 





El cielo se fundía a lila, la marea volvía a cubrir la mayoría de la playa, y de nuevo conduciendo llegamos a Takaka, un pueblo entre el far west y lo bioecológico, donde no tuvimos tiempo para más que tomar una cerveza en un bar de rockeros estilosos y dormir al lado de una granja. A la mañana siguiente nos duchamos en un camping donde el dueño aseguraba que sus duchas eran las más "hot" del país... y tenía razón el jodío. Te podías cauterizar heridas con ese agua.






Antes de despedirnos de Takaka, dimos una vuelta por el mercadillo de los sábados, donde todo era handmade, homemade o selfmade. Seguimos amando este país, cada día un poquito más. Cuando ya nos íbamos, descubrimos la panadería más cool de la zona, otra bonita historia de una francesa que se enamoró del país y convirtió un antiguo establo en una boutique del pan, donde vendía panes a 4 $ y una tarta de remolacha espectacular. Happy endings por doquier.






La idea era llegar hasta la última puntita que se ve al oeste del mapa de la isla sur de Nueva Zelanda, una especie de hoz de arena gigante llamada Golden Bay. Pasamos por varios pueblitos playeros ojeando posibles rincones de reposo nocturno para la vuelta y paramos en un arroyo cerca del Blue Lake, donde según dicen circula el agua más transparente del planeta. No te puedes dar un chapuzón para no cargarte la cristalinidad del asunto, y es cierto que el agua es tan clara que parece inexistente!

 Al cabo de poco el camino llegó a su fin, no podíamos ir más al oeste, habíamos llegado de repente al paraíso de lo bucólico. Un caminito que discurría entre praderas de ovejas en libertad hasta la costa, donde llegamos a una playa llena de sorpresas....






Se trataba de una solitaria y espectacular playa moldeada a golpe de viento, con rocas a modo de guardaespaldas gigantes donde podíamos caminar, correr y saltar por las dunas, como si estuviéramos en el desierto pero rodeados de agua salada, o sea que si tienes sed estás igual de jodido.

Intentamos dar nuestro paseo de rigor que damos cada vez que estamos en una playa. Sea donde sea, delante de cualquier mar, nos dedicamos un largo paseo, conectando en silencio con ese lugar y su entorno, como entablando conversación con su historia. Parece muy moñas pero es una forma genial de entender que tus huesos están donde están en ese momento y lo mejor que puedes hacer es apreciarlo sin prisa.





Hasta la arena y las dunas toman formas Dalinianas por el fuerte viento contínuo, y en ese rincón tan apartado de todo y todos, dejamos que el viento nos refrescara las ideas un buen rato, aunque nada mejor para refrescarse que meter un solo dedo en ese agua del mar de Tasmania, corassón congeladoooo!




Entre tanta filosofía anglosajona el paseo fue más corto de lo habitual, principalmente porque el viento no te dejaba caminar mucho, lo justo para llegar a tocar el agua. Para muestra un botón, o sea un vídeo, o sea que le dés al botón, copón!

video

A eso íbamos cuando al llegar al agua, comprobar que estaba helada y empezar a caminar de vuelta, de repente vimos cómo un cuerpo oscuro sale a duras penas del agua y empieza a arrastrarse por la orilla... No, no era un cuerpo humano porque esto es un blog de viajes, no una novela de Andrea Camilleri, era un animalito!! Había una colonia entera de leones marinos en las mismas rocas donde habíamos estado sentados minutos antes, y ahora se dejaban ver entrando y saliendo patosamente del agua. Qué país, joder, qué país!!




Los leones marinos habían conseguido superar a las ovejitas del camino, aunque éstas también luchaban por el título al animal más mono, y de vuelta aprovechamos para darnos unas carreras contra el viento corriendo por los prados con las ovejas. Lo que yo te diga, el paraíso de los bucólicos, el que logra sacar tu lado más absurdo, el que te hace bailar como si nadie te estuviera mirando, pero al fin y al cabo al estar tan poco poblado, es más que probable que nadie te este mirando..

Volvimos a dormir en un pueblo de playa llamado Kaiteriteri, cenamos en la playa con las ultimas luces, a medida que pasaban los días el atardecer cada día tardaba más en llegar, lo que nos daba una pequeña prórroga diaria para disfrutar y exprimir al máximo la experiencia. Al día siguiente empezaríamos a circular hacia el sur y queríamos despedirnos de toda la zona norte con un buen amanecer, que suelen ir precedidos por grandes atardeceres. Y así lo hicimos, poco a poco nos adentraríamos hacia el interior de la Isla Sur, café y manta!






By Pedri&Didi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario