domingo, 3 de noviembre de 2013

MÁS SOLOS QUE UN KIWI

Uauuu, llevamos como 3 meses sin escribir aquí... síndrome de la página en blanco? no lo creo. Entonces? Bueno... transición profesional? Tampoco. Vagancia, señores, he aquí el mayor mal de nuestra era. Y no parece que estemos curados del todo, es como el típico resfriado de noviembre que te persigue hasta marzo. ¿Bueno seguimos escribiendo sobre Nueva Zelanda? Graciassss.

Situación: Isla Sur, recién llegados, Abel Tasman National Park visitado, muy bonito pero poco "sorprendente". Seguimos conduciendo hacia el sur:

Estábamos empeñados en llegar hasta el último rincón de Nueva Zelanda, y nuestra premisa principal era el "si a todo" en cuanto a desvíos y carreteras terciarias, a sabiendas de que cada recoveco de este país es un tesoro. Tras el Abel Tasman National Park, la campervan nos llevaba por una ruta escénica recorriendo toda la costa oeste, cero pueblos, cero coches, cero ovejas, sólo kilómetros y kilómetros de costa agreste, donde el viento levanta espuma y arena formando un sfumatto perfecto.



Tras las tercera parada de admiración, decidimos cambiar de táctica y avanzar un poco más rápido, porque hasta los kiwis nos adelantaban. De hecho fuimos tan tan lentos que viendo el mapa se podría decir que fue el día menos productivo, pero parar en una playa y tirarse media hora mirando las rocas y el mar es un placer mental que no está al alcance de todos. ¿O si?




No todas las paradas son obligatorias, pero las que lo son están marcadas y remarcadas en varias millas a la redonda, porque los neozelandeses son tan majos que ellos mismos son los primeros en cuidar y enseñar sus rincones más preciados. Es el caso de las Pancake Rocks, un conjunto de rocas de costa azotadas por el viento y el agua, que por sedimentación han ido creándose a capas, literalmente como un plato de tortitas o pancakes. Solo les falta el sirope de arce, que nunca sabré muy bien de qué está hecho.




Seguimos un tramo de costa que nos dejó maravillados por la virginidad del asunto, parados en medio de la playa, observando el horizonte y pensando que medio planeta más allá estabais todos durmiendo. Ni un alma en varios kilómetros a la redonda, sólo un cartel "Fresh Eggs". El cartelito escrito a mano colgaba de una valla en la entrada de una pequeña granja, y como estaba abierta, no dudamos ni un segundo y recorrimos todo el sendero que llevaba hasta la casa. Salieron unos setecientos cuarenta y siete perretes a nuestro encuentro, salió la dueña, les gritó a los perretes que nos dejaran respirar, los perretes sudaron de su cara, nos hizo pasar a su casa y ya dentro respiramos y preguntamos "Fresh eggs?" Por supuesto que si!! Se mete al corral y sale con media docena de huevos aun calientes a precio... qué más da, impagable. Teníamos claro qué cenaríamos esa noche!




Siguiendo por la preciosa costa, llegamos a Westport, otro pueblo con ínfulas de Wild West, bonito y limpio con carteles tipo "Saloon" y "Barbery", donde pudimos encontrar el lugar ideal para degustar el fruto de las gallinas de la amiga de los perretes. Llegamos hasta el faro, una especie de aparcamiento con acceso a las rocas donde los pescadores y familias enteras trabajaban sin prisa las redes. Todos pescaban lo mismo, unos peces bastante pequeños, tipo chanquetes, que hubiesen quedado genial con nuestros huevos frescos. Aunque nuestras patatas camperas no tenían nada que envidiarles, y comerlas en tu propia campervan viendo el reflejo del sol en la sartén, priceless.






El día pasó tan rápido que se nos hizo de noche en medio de la carretera, y lo único que encontramos para dormir fue un aparcamiento delante del Lago Inangahua, lo que no sabíamos es que era del DOC (departamento de conservación). Bueno, sí que lo sabíamos, pero era tarde y no nos apetecía hacer todo el paripé de registrarse, pagar y tal, así que aparcamos, dormimos y nos levantamos prontito. Los rangers del DOC suelen pasar a eso de las 8 de la mañana, pero nosotros a las 7 ya estábamos desayunados y listos para seguir, además la concentración de odiosas sandflies va en aumento a medida que uno va hacia el sur y se hace más difícil encontrar un lugar donde pasar largos ratos sin que se te coman estos bichitos de satanás.




El día siguiente lo dedicamos a explorar los glaciares Fox y Franz Joseph, siguiendo nuestra ruta hacia el sur. En teoría es relativamente fácil llegar hasta los glaciares porque en este país lo tienen todo perfectamente señalado y con sendas marcadísimas, excepto que el camino esté cortado, como nos pasó con el primer glaciar al que intentamos llegar, el Franz Joseph. Caminamos hasta donde pudimos, lo vimos de lejos y volvimos al pueblo a comprar gas para cocinar y kiwis amarillos, parte imprescindible de nuestra dieta y del posterior abono campestre. De ahí fuimos directos a Fox, un pueblo más auténtico que el anterior y desde donde se puede llegar bien al glaciar Fox por una senda perfectamente señalada y acondicionada. En menos de 1 hora de caminata estás contemplando cara a cara un... Glaciar? Bueno, una masa de hielo gris tirando a negro, como con mucho polvo acumulao que allí no se pasa el paño desde hace siglos, no muy grande, que de vez en cuando suelta un pequeño estruendo pero poco espectacular. Tras haber contemplado tan de cerca el Perito Moreno, cualquier glaciar es menos. Si, vaya par de listillos.




Ya lo hemos dicho varias veces, viajar largo tiempo te resta capacidad de asombro (sabáticos dixit):
- Mira cariño, una lengua de hielo gigantesca que deja a su paso un lago lleno de icebergs, qué fenómeno de la naturaleza!!
- Y qué me quieres decir con eso?
- No, que si vamos a comer algo que me ha entrado un poco de gusa con la caminata...




Seguramente lo mejor de la zona de los glaciares es que muy cerquita está el Lago Matheson, uno de los lagos más fotografiados del país por el mítico reflejo del Monte Cook, que aunque queda lejos, sus 3.754 m dan para que su cima quede imprimida en las tranquilas aguas del lago. Hicimos un pequeño recorrido, rodeando el lago y sacamos cientos de fotos de las que sólo unas pocas valen la pena, porque ese día el lago no tenía el modo espejo "on", sólo al cabo de media hora llegamos a la "mirror island", una islita pequeña de madera donde se refleja tímidamente el Monte Cook. Ya de vuelta recojimos a una autoestopista japonesa, Mao, que nos confirmó dos cosas: Nueva Zelanda es el mejor país para trabajar un tiempo en granjas y homestays por el estilo, y que nuestra campervan estaba fabricada en su país (Toyota).




Volvimos a encontrar un bonito lugar para acampar frente al Lago Paringa, si era del DOC y había que pagar ni idea porque no vimos ninguna indicación, la decisión final se la dejamos al karma. Aprovechamos el día siguiente para recorrer toda enterita la Wild West Coast Road, la carretera  que te lleva de Haast hasta Jackson Bay: un recorrido bonito, pero eterno y sin salida, que te lleva paralelo a la costa por un escenario marino duro y agreste hasta llegar a Jackson Bay, un pueblo al final del final del mundo, un pueblo de marineros de 3 generaciones, una bahía donde las olas dan la vuelta para volver a recorrer el mundo entero, un lugar agreste pero acogedor al mismo tiempo. Un pueblo donde conseguimos resolver una duda que nos perseguía durante horas: Durante todo el trayecto hay cartelitos de "Whitebait 12.99 Lb", qué será?




Y la resolvimos en el mejor lugar posible, un bar al final del trayecto muy popular por su forma de preparar el Whitebait, que viene a ser como un pescadito frito de ese que aquí debes decir "no gracias, hay que dejarlos crecer".El local se llama "The Cray Pot", es una antigua caravana reconvertida con acierto en bar, situada frente al mar en el último recodo de esta mítica carretera, con lo cual se hace inevitable parar a tomar algo antes de emprender el camino de vuelta por la misma ruta. Por fin pudimos tomar un sándwich relleno de los famosos whitebait, viendo cómo las olas rompían prácticamente en la ventana de la caravana, disfrutando del olor a mar y de la tranquilidad que da estar tan lejos de todo.




Volvimos a deshacer la carretera por el paso de Haast parando en las "Blue Pools", donde el agua del río es absolutamente transparente, aunque por muy tentador que fuera no nos hubiéramos bañado ni por... bueno, depende de por cuanto quizás un chapuzón rápido sí que lo dábamos, de hecho se parecía bastante a la gorga de Boltaña. Seguimos ruta hacia Wanaka, un pueblo Alpino a los pies del Lago Wanaka, rodeado de montañas y lagos. Un pueblo que, sin quererlo, significó un punto de inflexión en nuestro viaje por Nueva Zelanda, haciéndolo mejor si cabe. Pero para eso había que estar presentables, y mirando el calendario vimos que ese era nuestro sexto día sin ducha, desde Wellington!.. abusando de los impecables baños públicos kiwis. Qué pone ahi? Holiday Park Huawea... Tendrán duchas? Eso espero, vamos! Efectivamente era un camping donde muy amablemente nos dejaron usar sus instalaciones y recuperar esa sensación de bienestar mental inducida por el mens sana in corpore limpio. Ahora sí, ready for Wanaka?




By Pedri&Didi

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