lunes, 2 de noviembre de 2015

MOFLI TIENE SUEÑO

Este es el salvaje capítulo aparte que Australia te promete cuando la visitas. Y no sólo te lo promete, sino que te prohíbe que te vayas sin conocer su lado más country. Alquilamos un coche en Melbourne y pusimos rumbo hacia una de las rutas de costa más espectaculares del mundo entero, The Great Ocean Road, kilómetros de acantilados, pueblos auténticos y cuidados, barbacoas en la playa y mucha carne de canguro en el menú.



La carretera discurre por la costa australiana del estado de Victoria, quemando etapas con cada pueblo y cada playa surfera que uno deja atrás. Se podría decir que los pueblos australianos son un poco como su comida, poco llamativos en general. Tienen unos servicios maravillosos y no hay rincón público que no esté impecable, pero les falta personalidad, les faltan años de historia, de nostalgia en la mirada. Eso sí, los paisajes son tan espectaculares que pronto se te olvida todo atisbo de crítica urbanística barata.




Lo que no falta en ningún pueblo que se precie son unas fantásticas barbacoas a modo de plancha eléctrica, siempre limpias y funcionando a la perfección, para que el viajero cocine frente al mar un buen filete de carne de canguro mirando cómo unos surfistas que tenían pinta de saber más de lo que demuestran cogen alguna ola despistada.




Porque esto, además de tierra de canguros, walabys y koalas, es también tierra de surferos que buscan su dosis de libertad en las costas de este extraño continente que es Oceanía. Marcas como Rip Curl se crearon aquí, en un pueblo llamado Torquay en medio de la Great Ocean Road, y allí encontramos la tienda surfer más grande que hayamos visto jamás. Si fuéramos surferos estaríamos alucinando, como no lo somos sólo nos queda pensar que algún día habrá que probarlo en serio.




Pero claramente el objetivo principal de hacer la Great Ocean no eran las olas, ni siquiera su mayor atracción natural, Los Doce Apóstoles. Nuestra misión era ver canguros y koalas en libertad, y tras muchos kilómetros no había asomado la cabeza ni un gato pardo. Sería una leyenda lo de que en Australia hay más canguros que personas? Quizás nos pensamos que nos estarán esperando a la vuelta con una cervecita y posando para la foto? Habrá que adentrarse en el inhóspito desierto australiano para verlos, vadear ríos y esquivar serpientes para encontrar un puto...  STOP!! Mira ahí!! Al ver un cuerpo que subía por la montaña con inconfundibles saltitos decidimos seguirlo despacito por una carretera que se adentraba sigilosa. Y en menos de 500 metros recorridos, saltó justo delante del coche un precioso canguro, que nos guió con sus saltos durante un buen tramo de camino, para deleite de nuestros ojos y nuestros gritos de asombro, ¡Oh my god!




Tras mucho jugar al escondite con los canguros, decidimos seguir el camino, y aprovechando la buena racha naturalística pusimos rumbo hacia un parque de eucaliptos a espiar furtivamente a los tiernos koalas. Adentrándonos por el bosque poco a poco, no nos costó distinguir en las mismas ramas de los eucaliptos unos cuerpos oscuros y muy quietos, uno aquí, dos allí, en esa rama hay otro, y cuando afinas un poco más la vista te das cuenta de que estas absolutamente rodeado en las alturas por decenas de koalas que comen, y sobretodo duermen tranquilamente a pocos metros de ti. Qué bonito sería poder acariciar uno, de no ser por las garras infernales que tienen y la mala gaita que se gastan.




La Great Ocean Road nos ofrecía todo lo que nos había prometido, y tras una tarde entera de intimar con canguros y koalas, seguíamos alucinando con cada recodo de la carretera, que nos obligaba a parar en la cuneta y rendir tributo a sus espectaculares atardeceres, que bañaban de cálido fuego toda la línea de costa hasta donde llegaba la vista. No teníamos ninguna prisa por llegar a ningún lado en concreto, porque esa noche habíamos decidido dormir en el coche rodeados de naturaleza, así que cuando se puso el sol decidimos parar en el primer pueblo, o mejor dicho en el primer bar, tomar una cerveza, luchar contra su wifi y buscar un buen rincón donde descansar. No fue fácil, pero lo encontramos, y despertamos rodeados de toda la naturaleza del mundo en forma de curiosas vacas y terneros.




Nos pusimos de nuevo en ruta atravesando un precioso parque natural que se alza sobre la costa y el horizonte, y pronto llegamos a los famosos Doce Apóstoles, un conjunto de Islotes separados de los acantilados por la acción del agua. Esta misma erosión es la que moldea los doce apóstoles y la que acabará con ellos algún día no tan lejano. Llegar hasta aquí ha sido maravilloso, poder recorrer un gran tramo de la costa australiana sin percances ni canguros atropellados, poder ver koalas, disfrutar de sus atardeceres y contemplar la escena final de la Great Ocean Road, con sus doce apóstoles estéticamente perfectos, quedará en nuestra memoria al recordar este gigante que es Australia.




No había mejor forma de despedirse de Oceanía, todo había salido a pedir de boca. Ya habíamos embarcado las maletas en el aeropuerto, y sólo quedaba esperar. Cariño voy al baño a asearme un poco que lo de dormir en el coche me mata. Ok, no tardes, que no vamos sobrados... lo siguiente que recuerdo es salir del baño, ver a Diana gritando, ver una cola kilométrica para el control de seguridad, otra cola kilométrica para el control de pasaportes, estar corriendo como nunca jamás he corrido en un aeropuerto mientras veía los letreros de nuestro vuelo: "CLOSED".



Al ver el letrero de Puerta Cerrada no sufrí por perder el avión, sufrí por la ira de Didi que caería despiadada sobre mi... Al fin, en la última puta puerta de la última maldita sala del aeropuerto, entraron dos energúmenos chillando y blandiendo los billetes de avión como si se tratara de dos sables piratas al abordaje. Literalmente estaban cerrando el avión, y en una obra de caridad sin precendentes en el mundo aeroportuario nos dejaron pasar para que pudiéramos sentir las miradas de odio del resto de pasajeros acordándose de nuestros antepasados más cercanos. Nos dió tal subidón de adrenalina al encontrarnos sentados en nuestros asientos que miramos el reloj, le dimos 6 minutos para llegar a las 11 de la mañana, y sin dudarlo pedimos 2 gin tonic para desayunar. Que sean 2 más por favor, el vuelo es largo y el estrés grande. Aunque no por mucho tiempo. Volvemos a Asia.





By Pere& Didi.

domingo, 20 de septiembre de 2015

MY MELBOURNE

La Barcelona de Australia, Melbourne. A lo largo de todo este tiempo viajando y conociendo infinitos lugares, siempre ha existido entre nosotros un denominador común silencioso en el momento de visitar una ciudad. Andamos por las calles, observamos, miramos furtivamente tras una cortina, catamos, probamos y degustamos en un mercado callejero, y al final del día nos sentamos exhaustos a tomar una cerveza, buena, no tan buena, cara o muy cara, nos miramos fijamente y condensamos en una frase todas las vivencias del día: "¿Te quedarías a vivir aquí?". En Melbourne? No sé, y tu?




Es una ciudad tan viva que incluso por la noche, sin gente y sin ruido, vibra nerviosa por despertar y volver a darlo todo. Porque Melbourne está pensada para ofrecer todo aquello que uno pueda necesitar, es imposible desear algo y que la ciudad no te lo ponga en bandeja a la vuelta de la esquina. Es una ciudad que combina perfectamente sus edificios modernos, su puerto y los varios puentes que cruzan el río Yarra, con sus antiguas reminiscencias británicas y victorianas, adaptadas a la lluvia de arte que cubre la ciudad. Giras una esquina y te encuentras caminando por Londres, pasado el chaflán estás en Sidney y al volver la vista vuelves a estar en Manchester. Las ciudades de Australia han conseguido tener una personalidad marcada pese a vivir entre dos mundos de estilos tan similares como el británico y el... neobritánico?






Llegamos en avión desde Christchurch, aún con Nueva Zelanda en la mente, en la mochila y en el corazón, y antes de dar los buenos días a la ciudad nos soltó un guantazo en forma de 20 dólares que es lo que vale el Skybus del aeropuerto al centro, estación de Southern Cross. A falta de amistades en Melbourne, dormimos en el primer hostel que encontramos, el Flinders Street Backpackers, céntrico y masivo, con 8 plantas de muchachada con ganas de quemar el día y la noche. Error fuerte, sin más. Mucho ruido y muchas nueces. Aunque la ubicación del hostel nos permitió visitar toda la ciudad de forma muy eficaz, tanto que tras tres días tuvimos tiempo hasta de ir a la biblioteca nacional a leer tranquilamente.






Hicimos una especie de free tour en Federation Square, la plaza central, desnivelada hasta la perfección, caminamos por los "lanes" y causeway, adaptándonos a sus grafitis y múltiples bares decorados con gusto y muchas libras esterlinas, fuimos hasta el botanical garden y cruzamos media ciudad hasta los docklands. Es una ciudad tan bien hecha que ni intentándolo te pierdes, aunque uno se queda muy aturdido con los cambios de tiempo repentinos con los que te sorprende, aguaceros que te sorprenden cuando menos te lo esperas, olas de calor y nubarrones efímeros que te hacen estar en alerta continua cuando tu destino es pasear sin rumbo fijo.






Todos los museos son gratuitos, y a fe que el Museo central de Melbourne es uno de los mejores que hemos conocido, más que recomendable. El urbanismo de la ciudad mezcla zonas diáfanas como la plaza central, y callejuelas de lo más cool llenas de bares molones y jodidamente caros. Por el camino nos cruzamos con el Queens Victoria Market donde compramos el objeto más absurdo y australiano que uno puede encontrar, un boomerang! Si, aun no sabemos como vuela ese invento del demonio.






Al salir del Museo dimos con un Festival callejero Latino en Brunswick, donde podías degustar desde un trozo de tortilla de patatas hasta un choripan argentino o una pupusa salvadoreña. Eso sí, fue la única vez en estas latitudes que tuvimos que vigilar bien las carteras. Hay cosas que no cambian, aunque estés en la otra punta del planeta. Rematamos la tarde tomando unas cuantas jarras de cerveza en Kent street, en la zona de Collingwood, repleta de bares repletos de malotes, si es que hay algún malote de verdad en Oceanía... Gente tranquila.






Pasamos una noche infame en el hostel, con ganas de matar o en su defecto de cortarse las venas, ya que si el hostel en si ya era ruidoso, un sábado noche era sencillamente insoportable. Contraatacamos por la mañana despertándonos muy pronto y haciendo todo el ruido posible mientras nos preparábamos para ir a correr por el río. A media carrera nos cruzamos con un mercadillo Polaco, que ni sabíamos qué pintaba allí ni nos interesaba en absoluto, nos limitamos a probar la limonada y el pastel de patata. Nos quitó el hambre, pero seguramente los polacos saben cocinar cosas mejores.




De repente, una gran noticia, Rogelio y Noeli, nuestros viajeros favoritos a este lado del mundo llegaban a Melbourne, los mismos con los que coincidimos en Filipinas, Malasia, Sidney y Auckland. Quedaríamos por la tarde en Santa Kilda, la playita wapa de Melbourne, una especie de Venice Beach, con sus cachas patinando, sus buenorras haciendo running con el perrito al lado y sus cambiadores de colores. ¡Ah! Se me olvidaba. Y sus pingüinos!! Tal cual, llegas hasta las rocas del espigón y te encuentras una colonia de pinguinos descansando y escondiéndose de los turistas, pensando qué hago yo aquí si lo sé no vengo con lo bien que estaría en mi casita de la Antártida.




Antes de juntarnos fuimos a comer a un lugar que se sacó Didi de la manga, uno de esos restaurantes difíciles de encontrar y que te dejan la sensación de que existen muchos mundos distintos en este gran planeta, y de qué bonito sería tener más de esto y menos de lo de siempre. Qué expresión tan terrible, lo de siempre. Se trata de un rastaurante donde cocinan sin descanso platos entre lo hindú y lo australiano, pides y comes todo lo que te venga en gana, y pagas lo que creas conveniente. Así lo hicimos, y os aseguro que el regusto que te deja la experiencia es siempre satisfactorio. Un concepto entre lo hippie y lo gafapasta, que aunque podría parecer mala mezcla, da un resultado muy respetable.





Tomamos unas pizzas y unas cervezas con R&N, nos pusimos al día de viajes y aventuras, y nos abrazamos una penúltima vez antes de volver al hostel a descansar. Melbourne estaba preciosa de noche, es una ciudad que no necesita arreglarse mucho para salir, se calza unos vaqueros y una camiseta básica y está estupenda. ¿Nos quedaríamos a vivir aquí? Todavía no lo sabemos. Lo que es seguro es que elegiríamos otro hostel para dormir.




Era domingo y el hostel entero estaba de resaca, lo cual nos permitió descansar a pierna suelta y levantarnos con más energía que nunca, porque nos esperaba una de las mejores rutas de Australia y del Mundo, que merecerá un salvaje capítulo aparte: The Great Ocean Road. Koalas, Canguros, y kilómetros de atardeceres. Australia entera es un salvaje capítulo aparte.




By Pere&Didi

domingo, 19 de julio de 2015

Y ESTE ES EL PAÍS MÁS BONITO DEL MUNDO

La decisión estaba tomada desde hacía días, Nueva Zelanda se convierte, con mucha ventaja, en nuestro TOP 1 de los países visitados. Llegábamos a Christchurch dispuestos a aprovechar nuestro último día en este paraíso, un país del que jamás nadie podrá decidir con buen criterio cuándo dejarlo atrás. Y para presentarle nuestros respetos debidamente decidimos hacer una rápida parada en una especie de hostel / polideportivo para una ducha rápida antes de salir a comernos Christchurch.



No teníamos mucha idea de en qué estado se encontraría la ciudad tras el terremoto de 2010 que literalmente destrozó todo el centro, habíamos oído rumores de ciudad fantasma, de no poder acercarse al centro bajo pena de arresto, ni tomar fotografías. La realidad es que aparte de haber montado un grandísimo dispositivo para la rehabilitación de todo el centro con cientos de personas y máquinas trabajando día y noche, se puede decir que Christchurch ha sobrevivido bien al terremoto y en breve estará totalmente recuperada y más allá del centro, la ciudad sigue con sus quehaceres.




Teníamos intención de pasar por el museo de la ciudad pero decidimos dejar el paseo para el día siguiente, día de vuelo tardío. Pusimos rumbo a Akaroa y la península Banks, un conjunto precioso de bahías a pocos km de Christchurch. Akaroa es un puertecito bonito y afrancesado, agradable pero sin mucha gracia. Afrancesado. Por el camino cogimos fuerzas con una cata de vino en "The French Farm" y comimos en la misma bahía, solitaria pero llena de vida. El menú: Garbanzos camperos de otro hemisferio, sublimes. El paisaje: Mesita de madera dispuesta en la misma orilla, rodeados de pacientes embarcaderos de colores, activos pero silenciosos.






De ahí fuimos a Lyttleton atravesando toda la península Banks sin dejar de ver el mar ni un sólo instante, impotentes y enfadados por el paso del tiempo que nos separaba a cada segundo de este precioso sueño que ha sido recorrer Nueva Zelanda con una caravana. Cenamos un burrito en Lyttleton y tomamos cerveza en un mítico bar de la zona, "Port Hole" con música muy kiwi en vivo. Seguimos tristes la actuación, demasiado conscientes de estar ya despidiéndonos de esto.



Teníamos grandes expectativas para esa última noche, y como siempre pasa con las grandes expectativas no se cumplieron al cien por cien, así que resignados aparcamos la furgo en una playa cercana, "Cass bay", donde poder descansar tranquilamente y desear que a la mañana siguiente estemos llegando de nuevo al país para volver a recorrerlo. No cambiaría nada de todo lo vivido en Nueva Zelanda, ni su gente, ni la comida, ni nuestras mágicas noches en la campervan ni por supuesto la ruta realizada. Hemos pasado 20 días riendo, comiendo, jugando, leyendo, contemplando el mundo, charlando, conociéndonos más aun y queríendonos en la caravana. Es muy triste despedirse de todo esto, aunque nos llevamos la inmensa alegría de haber compartido esta experiencia, happyness only real when shared. (momento cursi en 3, 2, 1...)


Ya. Despertamos en la playa y desayunamos en sus bancos y mesas, sólos nosotros y el amanecer, con el frescor cálido de la mañana, ese frescor que te promete que en un ratito estarás más caliente, que te recuerda que el sol también necesita su tiempo. Recogimos, montamos en la van y tras mirar infinitas veces hacia atrás cruzamos el túnel de Lyttleton que te lleva directo a Christchurch centro.




Vimos el museo, genial y gratuito, paseamos por la zona cero y descubrimos el Re-Start, un centro comercial hecho con contenedores gigantescos (de los de transporte marítimo), los mismos contenedores que se usaron para empezar a reconstruir la ciudad tras el terremoto.




Tomamos el último café en Addington, en CO-OP, un bar/ong/biológico/muy cool, y nos dirigimos directos a la oficina de Lucky Rentals a devolver nuestra casita. Todo ok. Demasiado ok. Nos hemos enamorado, de Nueva Zelanda, de nosotros, del futuro juntos. Estamos en el aeropuerto esperando el avión que nos llevará a nuestro último destino. Gracias NZ, el próximo país que visitemos deberá ser de otro planeta para conseguir un hueco en nuestro corazón, porque hora mismo está todo ocupado por dos islas verdes, nobles y carismáticas. Pero espera, que todo puede ocurrir, quién sabe lo que nos deparará el siguiente destino... ¿A qué hora llegamos a Melbourne?




By Pere&Didi