martes, 5 de noviembre de 2013

Wanaka Conection

Pisamos por vez primera el suelo de Wanaka entradísima la tarde, sobre las 19:00, un pueblecito acogedor, limpio y que abre sus brazos a todo viajero que llegue con ganas de sentirse un poquito más neozelandés. Es el buenrollismo hecho villa. Uno de esos pueblos de western en los que te planteas cómo puede ser que la población no supere los 2.000 habitantes, porque una vez has respirado el aire puro que te envían sus montañas se hace muy difícil dejarlo atrás.




Pero no solo es aire puro lo que nos ofrecía Wanaka, ya que aparcamos la campervan justo delante del que según dicen es el mejor cine de todo el país, el "Cinema Paradisio", entretenimiento moderado del bueno, del auténtico kiwi. ¿Que por qué es el mejor cine de NZ? No tiene asientos, sólamente sofas repartidos por la sala, con mesillas en las que apoyar la cerveza o copa de vino que estés tomando, casi casi como en el salón de tu casa, sino mejor. Lástima que no acertamos la película... "Thor", un tipo dando martillazos interplanetarios, un fail de los fuertes. Pero nada importaba, estábamos recién duchados y cenados, recostados en el cómodo sofá de un cine, sonriendo para nosotros y para todo aquél que pudiera vernos.



Tras dormir aparcados en una de las tranquilas calles de Wanaka, nos desperezamos dando de comer los patitos de la ribera del Lago, bucólico hasta dar rabia, y después de varios paseos por el pueblo decidimos poner rumbo a Queenstown, porque por muy felices que nos hiciera el aire tranquilo de este pueblo de western, la curiosidad pudo con nosotros y las mil maravillas que se hablan de su vecina Queenstown no podían esperar. De hecho salimos con tanta prisa que al primer cruce nos paró un policía con poco trabajo y muchas multas que poner... Nos habíamos saltado un STOP. Y qué se hace en Nueva Zelanda cuando dos guiris se saltan un STOP con su campervan? Pues se les da una pequeña reprimenda, se les sonríe amablemente y se les deja ir bajo la promesa de no volver a hacerlo. Así es NZ.




Dejamos atrás infinitos y perfectos valles antes de llegar a Queenstown y comprobar que era aún mejor que Wanaka, con muchísimo ambiente, rodeado de montañas y con su particular lago de película. En Queenstown es francamente difícil aburrirse, porque todo invita a la actividad, bungee jumping por aquí, montañismo por allí o tranquilos picnics en cualquier lugar cerca de su magético lago. Nuestro principal reto, mucho antes de llegar era hacer el bungee jumping del cañón de Nevis, el 3º más alto del mundo (el 1º está en Macao y el 2º en Nepal). Aunque la impresión que debe dar el salto y la cara de terror que se te queda seguramente ya la sufrimos en nuestras carnes al ver los precios... Nos saldría la broma a unos 400 dólares, así que decidimos dar un largo paseo para meditarlo.



Recorrimos una y otra vez el precioso pueblo de Queenstown acompañados de un sol radiante, comimos un pastel de carne Venison en el FergBaker, justo al lado de la archifamosa hamburguesería FergBurguer, nos alejamos del pueblo caminando en paralelo al lago por los jardines de Queenstown y dado que aún no habíamos decidido si dar el salto o no, nos acercamos a una zona de bares muy animada donde tomar cerveza casera, cara al sol y espalda a cualquier tipo de preocupación.



Después de una tarde de risas y cervezas todo se ve más claro, que no nítido, y decidimos pasear en busca de un wifi, actividad que en NZ sí que resulta una auténtica aventura (qué les pasa con el internet a estos civilizaos?). Acabamos en un starbucks, a mucha honra, y cuando empezaba a oscurecer, inspiradísimos por un espontáneo pianista en mitad de la noche, decidimos encaminarnos a buscar un lugar donde descansar, tarea que a veces era más desesperante de lo que parece. Bastante alejados de Queenstown pudimos aparcar en un campo donde dormir tranquilos y despertarnos a la sombra de un precioso globo aerostático.






La vida en la campervan te ayuda, o más bien te obliga a ser creativo en el ámbito culinario, de ahí que a menudo nos encontráramos cocinando bocadillos de albóndigas con sardinas, chocolate, pomelo o lo que sea que hubiéramos comprado ese día. Como uno de los muchos picnics que nos dedicamos a orillas del precioso lago de Queenstown. Y es que habíamos decidido saltar, pero no en el Bungee Jumping, sino en el Swing, otro tipo de salto, igual de aterrador, más asequible y este sí, el SWING más alto del mundo. El Swing es una especie de columpio en el que pueden saltar 2 personas juntas, te cuelgan de lo alto de una plataforma y cuando menos te lo esperas... ZAS!




Para hacer tiempo hasta el salto hicimos una miniexcursión y para destensar los músculos decidimos subir a pie hasta el pico más alto de Queenstown, donde las vistas del lago, de sus montañas, de los bosques y del cielo darían para crear infinitos puzzles. Por suerte en la bajada nos pudimos colar en uno de los teleféricos que en 3 minutos nos dejó suavemente al pie de la montaña y a punto para el Swing. Los simpáticos monitores de la agencia de saltos nos llevaron en furgo hasta el cañón de Nevis y tras mucho rato de preparación, metros y más metros de cuerda, nueve visitas al baño (con rótulos de lo más inspiradores), tragar mucha saliva y preguntarte si es realmente necesario, nos encontramos encaramados en lo alto de una plataforma metálica sin ningún tipo de suelo bajo nuestros pies.





La sensación de premuerte es indescriptible, básicamente estás a merced de un cachondo que en un momento dado apretará un botón que te hará saltar por los aires... literalmente. Y así fue, cuenta atrás, 5, 4, 3, AHHHHHHGGg.....!!!! Mi grito duró solamente una décima de segundo, porque la impresión de la caída es tan salvaje que mi voz se quedó arriba mientras nosotros ya estábamos 100 metros más abajo, recorriendo a 300 Km/h todo el cañón hasta quedarnos a pocos metros de dejar nuestras siluetas marcadas en la roca, A-C-O-J-O-N-A-N-T-E!! El asunto es que por una promoción de ese día en especial, teníamos dos saltos al precio de uno, y nada más descolgarnos ya estábamos ansiosos por volver a tirarnos. La 2a vez saltamos de espaldas y aunque la impresión es igualmente fortísima, pudimos disfrutar mejor del momentazo, de las vistas, del maravilloso lugar donde habíamos ido a parar, a caer, a saltar.





Volvimos a Queenstown y nos regalamos una pedazo de hamburguesa del Fergburguer a 15 dólares cada una, dinero perfectamente invertido porque su fama se la tienen más que merecida. Satisfechos y más a gusto que en brazos nos despedimos con mucha pena de Queenstown, de su ambiente y de su magnético lago rumbo a Milford Sound, la punta suroeste de la isla, otro recorrido precioso cruzando kilómetros de llanuras, lagos y baja densidad de población.




Necesitábamos una ducha, la transpiración previa al Swing no era nada despreciable, y dado que justo la zona de Milford es la más difícil para dormir al aire libre, entramos a un acogedor camping  en medio del bosque, llamado Knobs Flat, donde parecía que podríamos ducharnos, cenar algo y dormir tranquilamente sin Rangers en la costa. El asunto es que tras dar varias vueltas a la caseta de entrada no conseguimos ver a nadie, y sin saber muy bien qué hacer, vimos un papel en un panel que rezaba "Vuelvo mañana por la manaña, siéntete como en casa viajero, usa la ducha, la cocina y todo lo que desees y por favor desliza el dinero debajo de la puerta cuando partas". Tal cual.





By Pere&Didi

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