lunes, 11 de noviembre de 2013

MOERAKIS IMMIGRANTES

Dunedin al final acabó siendo tal y como esperábamos, buen ambiente, ciudad joven y fresca, y nada más aparcar en pleno centro salimos disparados a degustarla. Probamos su cerveza casera, que efectivamente es de las mejores que hemos probado sin entrar en la frivolidad de colocarla entre las mejores del mundo porque lo que realmente convierte una cerveza en la mejor del mundo es el momento y la compañía con la que se toma, y en eso nadie nos superaba.





Ya que llegamos bien entrada la noche, las opciones no eran muchas, y todas pasaban por buscar un buen lugar para tomar cerveza. En la tercera ronda dimos con el "bar más pequeño de la ciudad" (Lonely Planet dixit), el MowBerg, una minibarra en medio de una oscura fachada que por el día sirve café a los estudiantes y por la noche cerveza a... los mismos estudiantes, supongo.



Lo único malo de recalar en una ciudad por la noche es que el tema de dormir se hace un poco más peliagudo, y tuvimos que dar varias vueltas para poder aparcar en un lugar alejado de ruidos y de fiestas estudiantiles. Hasta un policía estaba alucinando con nuestras idas y venidas para asegurarnos de la idoneidad del lugar. Al final decidimos apartarnos un poco de la zona de fiesta y conseguimos nuestro rincón de paz. Lo malo de dormir en una campervan en medio de una ciudad es que a la mañana siguiente te despiertas como si hubieras dormido debajo de un puente, con todo el mundo yendo a trabajar pasando por tu lado y mirándote extrañados, aunque sin curiosidad ni asombro. Te acostumbras. Se acostumbran.



Nuestro despertar en Dunedin fue... cosmopolita? fuimos al centro a ver la catedral, de la no nos acordaremos como de tantas otras, y de ahí a la piscina municipal, donde nos dejaron amablemente darnos una ducha, en mi caso además me dejaron hacer el ridículo, porque no sabía que existían 2 duchas... Una para darse una ligera aguada antes de entrar a la piscina y La Ducha para ducharse bien con jabón y otros enseres. Efectivamente, me di una larga ducha de 1 hora con todos los jabones y champús que tenía a mano en la ducha que no tocaba, mientras la gente pasaba en bañador, se mojaban un poco, tapaban los ojos a sus hijos y se iban mirando de reojo a este extraño exhibicionista. No entendí nada hasta horas después.




Mientras tanto descubrimos un pedazo de museo cerca de la Railway Station (de estilo Edwardiano, para los de la Logse, estilo británico de hace tiempo), un museo (gratuito of course) muy interactivo que cuenta perfectamente la historia de Dunedin y los primeros inmigrantes que llegaron aquí. El asunto es que dejaban todo lo que tenían, se subían a un barco cochambroso con sus cuatro maletas, se tiraban unos cuantos meses de travesía nada confortable surcando los 7 mares y llegaban a un lugar donde no estaba todo por hacer. Y lo hacían. Ésa gente sí que tenía huevos. Ale, ya lo he dicho.







Salimos encantados y hambrientos, y decidimos subir a lo alto de la península de Otago, con unas vistas espectaculares sobre la ciudad, a comer nuestro delicioso pepito de ternera con cebolla caramelizada. Como en casa, oiga.




El pepitoternera nos teletransportó de tal forma a casa que de repente sentimos una sensación de presiesta increíble, así que decidimos tomar un café o dos para no perder toda la tarde y acumular sueño para más tarde. El día era plomizo y buscábamos un bar que nos acurrucara con calidez, pero no lo encontramos y acabamos en un Starbucks (a mucha honra otra vez), y con el Mochacchino de chocolate blanco más grande que tenían nos despedimos de esta inquietante ciudad que vive sin pausa pero sin prisa y que parece que tiene más de lo que ofrece a simple vista. Justo a la salida de la ciudad dimos con "La Calle Más Empinada del Mundo", Bradley St, con un 35% de pendiente. Sorry bikers.




Conducíamos rumbo a Oamaru por la carretera de la costa cuando cerca de Palmerston decidimos hacer una pequeña parada que nos dejó boquiabiertos, el "Shag Point", una especie de cabo de rocas en la costa, en medio de la nada y repleto de focas que salían del agua para situarse a pocos metros de distancia de donde estábamos, alucinante!! Aún alucinados y enrachados, decidimos ir corriendo a la playa de KoeKohe a ver los famosos Moerakis, unas piedras perfectamente redondas que se encuentras esparcidas por todo el largo de la playa. Al llegar estaba anocheciendo y aunque nos dió tiempo a pasear un poco entre estos gigantescos globos de piedra decidimos ir a descansar y volver a la mañana siguiente para difrutarlos más y mejor.




En el mismo pueblo de Moeraki, un tranquilo pueblo pescador, aparcamos al final del muelle y tomamos una cerveza en el único lugar abierto a esas horas, que debían ser las 21:00 pero la influencia británica ha hecho mucho daño. El "Fleurs Café" es un lugar encantador, hecho de madera y completado con toques y retoques marinos, con buen vino, buena cerveza y buen olor a mar y pesca. Dormimos allí mismo, de cara a la bahía, de cara al faro, de cara a los barquitos que entraban y salían, de cara al oleaje, con los moerakis en el horizonte y cara a cara entre nosotros.






Nos despertó la bocina de un barco y de un brinco nos pusimos al volante para conducir hasta la playa de los Moerakis de nuevo. Nos dedicamos 1 hora entera a jugar y hacer el friki entre esos extraños cuerpos tan nuevos para nosotros y para todo el mundo, como canicas gigantescas que no tienen ninguna intención de moverse porque allí han encontrado su lugar en el mundo. Por cierto, parece fácil subirse a una de estas bolitas verdad? Pues tus 5 minutos de ridículo espantoso no te los quita nadie para poder coronarlas.





Dimos un último paseo de melancolía por la playa antes de desayunar en un mirador cercano y poner rumbo hacia algo aún más nuevo si cabe para nosotros. Nuestra etapa en Nueva Zelanda se acaba, y cada minuto que pasa es tan bonito como doloroso. Lo bueno es que en este país sabes que cada nuevo destino te va a sorprender, inquietar, y como mínimo alegrar el día. Rumbo a Oamaru. Alguien tiene la menor idea de lo que es el movimiento SteamPunk? Apuesto a que no.




By Pedri&Didi

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