martes, 12 de noviembre de 2013

PUNK, STEAMPUNK

No teníamos previsto pasar mucho tiempo en Oamaru, pero nada más llegar nos quedamos boquiabiertos en la entrada del pueblo por culpa del armatoste más surrealista que vimos en todo Nueva Zelanda. Una especie de locomotora creada con diferentes partes de viejas máquinas echaba fuego por los colmillos y era la carta de presentación y el guardián de un siniestro edificio que quedaba a sus espaldas, "invitándonos" a traspasar la puerta metálica y adentrarnos en un submundo underground que haría las delicias de los más paganos. Os presentamos un nuevo concepto, el STEAMPUNK.



El movimiento Steampunk surgió como subgénero literario en los 80 (wikipedia dixit) y estéticamente mezcla la maquinaria de vapor con la auténtica psicodelia y el punk tirando a trash. Se entiende el concepto, no? Entrar al museo de Steampunk es lo más parecido a despertarse de repente dentro de la Cúpula del Trueno de Mad Max, con Tina Turner disfrutando del espectáculo y un montón de golfos futuristas  gritando y humeando con el pulgar hacia abajo. Nos encantó, claro!






Salimos alucinados entre tanta atmósfera de vapor y en breve nos encontramos caminando por Tyne Street entre los antiguos hangares del barrio portuario, ahora convertidos todos en tiendas de artesanía local, librerías con encanto y talleres donde un artesano daba rienda suelta a su creatividad en madera o hierro, un barrio genial con la magia de lo inesperado y ese toque a novela negra que tienen todas las zonas portuarias.





Aunque la campervan pueda llegar a considerarse cómoda, la verdad es que se pasan muchas horas dentro de ella y hay que aprovechar cada vez que se pone un pie el suelo para darse un buen garbeo estés donde estés, y en Oamaru decidimos llegar hasta el punto de interés más alejado del pueblo, el sueño de todo quesoadicto, la fábrica de quesos Whitestone, que por 5 sabrosos dólares nos ofrecen una genial cata de Stiltons y Quesos azules. Creo que lloré.




Volvimos satisfechos a pasear por el pueblo, disfrutar del wifi de su biblioteca pública, visitar la galería Forrester y esas cosas que se suelen hacer tras comer queso y sentirte feliz, conceptos que suelen ir muy ligados. Convencidos de haber exprimido nuestra corta visita a Oamaru decidimos retomar la ruta hacia el valle de Waitake, aún con el humeante recuerdo del genial Steampunk. Aunque se hacía tarde y debíamos llegar esa misma noche a las faldas del monte Cook, paramos varios cientos de veces por el camino, porque somos muy sensibles a la belleza, porque no tenemos ninguna prisa, y porque no hacerlo sería un crimen, la verdad.





Porque cómo no vas a parar ante una indicación diminuta que reza "Elephant Rocks"? aparcamos en la cuneta misma y cruzando un extenso prado donde las vacas nos abrían paso a medida que avanzábamos, nos encontramos con rocas que triplicaban el tamaño de un elefante africano, plantadas en medio del prado como si un gigante hubiese estado devorando montañas y hubiese dejado las migas ahí mismo. Incluso al bordear una de esas moles nos topamos con una especie de decorado (¿Narnia?) donde las vaquitas pastaban más a gusto que en brazos.






Otra paradinha fue en Kurow, localidad de una calle más de western que de kiwis, donde probamos y compramos un buen vino de la región, de variedad pinot gris. Aunque nos moríamos de ganas de probarla, decidimos guardar la botella para degustarla por la noche, cuando la campervan se convierte en nuestro refugio de sueños y esperanzas para el día que viene. Comimos en la orilla del lago Aviemore, patatas camperas, aunque tampoco nos quedamos a disfrutar de su brisa por culpa del viento, que en demasía se suele hacer cansino.




El valle de Waitake está acorde con la belleza de todo el país, mires donde mires las formas de la naturaleza son más naturales de lo que puedas recordar, más estético, más equilibrado, más cromáticamente pleno que cualquier otro país que hayamos conocido. Poetry in motion a bordo de la campervan. Poco a poco nos fuimos acercando a nuestro ansiado destino, el Monte Cook, que en la lejanía impone un merecido respeto, con el lago Pukaki a sus pies recordándote la distancia obligada que se debe guardar a un mito como el monte Cook.




Sólo teníamos un ligero problemilla. O no. Básicamente la zona del monte Cook es una de las más vigiladas del país y está prohibido el free camping en varios kilómetros a la redonda, bajo pena de multaza si te pilla un ranger. Nuestra solución para no pagar los 30 $ del camping del Doc no fue otra que perdernos en medio de una vasta llanura, ya entrada la noche, para dormir bajo las estrellas rodeados por la cordillera del monte cook iluminada por una perfecta luna. El riesgo de que nos pille un ranger es del 99%, pero de momento me siento Gandalf cabalgando hacia Gondor, y eso no tiene precio!





By Pedri&Didi.

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