sábado, 23 de mayo de 2015

GRACIAS SIR EDMUND HILLARY


El despertar en las faldas del Monte Cook fue intenso, en 20 minutos nos dió tiempo a flipar con las vistas de la increíble cadena montañosa, conducir hacia el cámping del DOC para ir al baño, coincidir con una Ranger que al estilo de NZ se permitió el detalle de perdonarnos una multa de 200$, agradecerle unas trescientas veces el gesto, desayunar y empezar a caminar hacia el Monte Cook, por la ruta Hooker, que en unas 3 horas te deja a las faldas de este enorme mito para los montañeros.



La fama es justa, porque es el monte que escogieron Edmund Hillary y el Sherpa Tenzing Norgay para entrenarse antes de lanzarse a conquistar el Everest, y conseguirlo, claro. La historia sería parecida para nosotros, que tras NZ nos dirigiríamos a Nepal, y estábamos claramente necesitados de un buen entreno antes de corretear por la montañas como Heidi y Pedro.




La ruta Hooker te acerca un poquito hacia las faldas del Monte Cook, que según dicen los que estaban más allá de la niebla es precioso. Sí amigos, no se veía ni la silueta del señorito. De todas formas siempre es fantástico caminar por la montaña, y la ruta finalizaba en la orilla de un lago lleno de icebergs. Babyicebergs para ser más concreto, a ver si os vais a imaginar que a lo lejos caminaba un oso polar.





Ya de vuelta el sol empezó a acariciarnos la nuca y las nubes se retiraron levemente para dejarnos ver el precioso Monte Cook, que asomaba tímido como quien saca la cabeza tras el telón para ver cuánta gente ha venido a la función. Debió ser un auténtico placer para Sir Edmund Hillary conocer tan de cerca esta orgullosa montaña.




Deshicimos la carretera sin poder dejar de mirar el Lago Pukaki, que con el sol brillaba en un turquesa desconocido por nosotros y por tantos otros, de otro mundo, una tonalidad imposible. Decidimos parar a sus orillas en una perfecta playita natural del lago alejada de la civilización, donde realizamos una vez más el sueño de hacer un auténtico picnic neozelandés, con vino, un platazo de pasta y cero prisa. Ni os imagináis lo duro que es escribir esto desde mi escritorio, tan lejos y tanto tiempo después de nuestra aventura.





A otro golpe de campervan esta el Lago Tekapo, al que le dedicamos una sonora siesta repantingados en la agradable arena de su orilla. Intentamos alargar estos momentos mágicos todo lo posible en este país imposible, aunque nuestro corazón se empezaba a despedir lentamente de Ao Tearoa con cada kilómetro que nos acercaba hacia el próximo destino.




De momento aquí estamos, Lago Tekapo, quiet dark blue.




Con las ideas más claras, empezamos la ruta hacia Christchurch, la última parada de este maravilloso país que nos obliga a quererlo y enamorarnos sin ni siquiera darnos tiempo a preguntar qué está pasando, por qué me gusta tanto este país, por qué me siento tan lleno de vida conduciendo por sus carreteras y durmiendo en sus campos, por qué desearía que esta isla ocupara el mundo entero para poder recorrerla sin fin.




Antes de buscar un buen lugar donde pasar esa penúltima noche paramos en Geraldine, Fairly, a comprar un fish&chips, seguramente el plato típico más radical que se ha creado. Creo que hasta que cumplí 15 años no entendí muy bien lo que era un fish&chips, me resignaba a pensar que la traducción literal era exactamente eso, pescado y papas fritas. Cuando lo confirmé sentí una mezcla de decepción y alivio, siempre había pensado que algún gracioso le había puesto ese nombre que no tenía nada que ver con mezclar pescado y patatas fritas, y de repente toda la ilusión de los miles de platos raros que había imaginado que podría ser un fish&chips se vino abajo. Sin más. Crash. O sea que sí que era eso, pescado rebozado de tu madre y patatas fritas también de tu madre, pero todo junto. Ok, pues mensaje captado, a otra cosa mariposa, tengo muchas otras fantasías que alimentar, como imaginar un tamarindo, un pez luna o una radio macuto, y espero no averiguarlo nunca.




Llegábamos a Christchurch entre nerviosos y tristes, la aventura neozelandesa tocaba a su fin y nos quedaba una sola noche antes de devolver la campervan a su legítimo dueño, uséase Lucky Rentals. Otra noche durmiendo sobre sus duros cojines, de clavarnos el codo al darnos la vuelta, de hacer y deshacer la cama para encontrar un calcetín, pero también una última noche de cerrar los ojos y escuchar los grillos del campo, de dormir con el tintineo de las estrellas, de beber un vino a la luz de la luna, de reírnos hasta el dolor de las situaciones más absurdas. Una penúltima noche de aventura en Nueva Zelanda.





By Pere&Didi.



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