domingo, 20 de septiembre de 2015

MY MELBOURNE

La Barcelona de Australia, Melbourne. A lo largo de todo este tiempo viajando y conociendo infinitos lugares, siempre ha existido entre nosotros un denominador común silencioso en el momento de visitar una ciudad. Andamos por las calles, observamos, miramos furtivamente tras una cortina, catamos, probamos y degustamos en un mercado callejero, y al final del día nos sentamos exhaustos a tomar una cerveza, buena, no tan buena, cara o muy cara, nos miramos fijamente y condensamos en una frase todas las vivencias del día: "¿Te quedarías a vivir aquí?". En Melbourne? No sé, y tu?




Es una ciudad tan viva que incluso por la noche, sin gente y sin ruido, vibra nerviosa por despertar y volver a darlo todo. Porque Melbourne está pensada para ofrecer todo aquello que uno pueda necesitar, es imposible desear algo y que la ciudad no te lo ponga en bandeja a la vuelta de la esquina. Es una ciudad que combina perfectamente sus edificios modernos, su puerto y los varios puentes que cruzan el río Yarra, con sus antiguas reminiscencias británicas y victorianas, adaptadas a la lluvia de arte que cubre la ciudad. Giras una esquina y te encuentras caminando por Londres, pasado el chaflán estás en Sidney y al volver la vista vuelves a estar en Manchester. Las ciudades de Australia han conseguido tener una personalidad marcada pese a vivir entre dos mundos de estilos tan similares como el británico y el... neobritánico?






Llegamos en avión desde Christchurch, aún con Nueva Zelanda en la mente, en la mochila y en el corazón, y antes de dar los buenos días a la ciudad nos soltó un guantazo en forma de 20 dólares que es lo que vale el Skybus del aeropuerto al centro, estación de Southern Cross. A falta de amistades en Melbourne, dormimos en el primer hostel que encontramos, el Flinders Street Backpackers, céntrico y masivo, con 8 plantas de muchachada con ganas de quemar el día y la noche. Error fuerte, sin más. Mucho ruido y muchas nueces. Aunque la ubicación del hostel nos permitió visitar toda la ciudad de forma muy eficaz, tanto que tras tres días tuvimos tiempo hasta de ir a la biblioteca nacional a leer tranquilamente.






Hicimos una especie de free tour en Federation Square, la plaza central, desnivelada hasta la perfección, caminamos por los "lanes" y causeway, adaptándonos a sus grafitis y múltiples bares decorados con gusto y muchas libras esterlinas, fuimos hasta el botanical garden y cruzamos media ciudad hasta los docklands. Es una ciudad tan bien hecha que ni intentándolo te pierdes, aunque uno se queda muy aturdido con los cambios de tiempo repentinos con los que te sorprende, aguaceros que te sorprenden cuando menos te lo esperas, olas de calor y nubarrones efímeros que te hacen estar en alerta continua cuando tu destino es pasear sin rumbo fijo.






Todos los museos son gratuitos, y a fe que el Museo central de Melbourne es uno de los mejores que hemos conocido, más que recomendable. El urbanismo de la ciudad mezcla zonas diáfanas como la plaza central, y callejuelas de lo más cool llenas de bares molones y jodidamente caros. Por el camino nos cruzamos con el Queens Victoria Market donde compramos el objeto más absurdo y australiano que uno puede encontrar, un boomerang! Si, aun no sabemos como vuela ese invento del demonio.






Al salir del Museo dimos con un Festival callejero Latino en Brunswick, donde podías degustar desde un trozo de tortilla de patatas hasta un choripan argentino o una pupusa salvadoreña. Eso sí, fue la única vez en estas latitudes que tuvimos que vigilar bien las carteras. Hay cosas que no cambian, aunque estés en la otra punta del planeta. Rematamos la tarde tomando unas cuantas jarras de cerveza en Kent street, en la zona de Collingwood, repleta de bares repletos de malotes, si es que hay algún malote de verdad en Oceanía... Gente tranquila.






Pasamos una noche infame en el hostel, con ganas de matar o en su defecto de cortarse las venas, ya que si el hostel en si ya era ruidoso, un sábado noche era sencillamente insoportable. Contraatacamos por la mañana despertándonos muy pronto y haciendo todo el ruido posible mientras nos preparábamos para ir a correr por el río. A media carrera nos cruzamos con un mercadillo Polaco, que ni sabíamos qué pintaba allí ni nos interesaba en absoluto, nos limitamos a probar la limonada y el pastel de patata. Nos quitó el hambre, pero seguramente los polacos saben cocinar cosas mejores.




De repente, una gran noticia, Rogelio y Noeli, nuestros viajeros favoritos a este lado del mundo llegaban a Melbourne, los mismos con los que coincidimos en Filipinas, Malasia, Sidney y Auckland. Quedaríamos por la tarde en Santa Kilda, la playita wapa de Melbourne, una especie de Venice Beach, con sus cachas patinando, sus buenorras haciendo running con el perrito al lado y sus cambiadores de colores. ¡Ah! Se me olvidaba. Y sus pingüinos!! Tal cual, llegas hasta las rocas del espigón y te encuentras una colonia de pinguinos descansando y escondiéndose de los turistas, pensando qué hago yo aquí si lo sé no vengo con lo bien que estaría en mi casita de la Antártida.




Antes de juntarnos fuimos a comer a un lugar que se sacó Didi de la manga, uno de esos restaurantes difíciles de encontrar y que te dejan la sensación de que existen muchos mundos distintos en este gran planeta, y de qué bonito sería tener más de esto y menos de lo de siempre. Qué expresión tan terrible, lo de siempre. Se trata de un rastaurante donde cocinan sin descanso platos entre lo hindú y lo australiano, pides y comes todo lo que te venga en gana, y pagas lo que creas conveniente. Así lo hicimos, y os aseguro que el regusto que te deja la experiencia es siempre satisfactorio. Un concepto entre lo hippie y lo gafapasta, que aunque podría parecer mala mezcla, da un resultado muy respetable.





Tomamos unas pizzas y unas cervezas con R&N, nos pusimos al día de viajes y aventuras, y nos abrazamos una penúltima vez antes de volver al hostel a descansar. Melbourne estaba preciosa de noche, es una ciudad que no necesita arreglarse mucho para salir, se calza unos vaqueros y una camiseta básica y está estupenda. ¿Nos quedaríamos a vivir aquí? Todavía no lo sabemos. Lo que es seguro es que elegiríamos otro hostel para dormir.




Era domingo y el hostel entero estaba de resaca, lo cual nos permitió descansar a pierna suelta y levantarnos con más energía que nunca, porque nos esperaba una de las mejores rutas de Australia y del Mundo, que merecerá un salvaje capítulo aparte: The Great Ocean Road. Koalas, Canguros, y kilómetros de atardeceres. Australia entera es un salvaje capítulo aparte.




By Pere&Didi

No hay comentarios:

Publicar un comentario